Una Rosa que no se marchita en la memoria.


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Aunque pocos la asocien con el nombre de Rosalía Palet Bonavia con el que la bautizaron al nacer el 11 de febrero de 1923, de seguro menos demorarían en identificarla cuando alguien se refiere a “la gran vedette de Cuba”, porque así ha trascendido con justicia aquella que para su pueblo fue simplemente Rosita, Rosita Fornés.

Elemental, pero a cargo de prestigiosos profesores, fue la formación artística que recibió tras haber obtenido el primer premio en “La Corte Suprema del Arte”, en fecha tan temprana como 1938: Enriqueta Sierra, en declamación; Mariano Meléndez, en canto y Margarita Lecuona para las clases de ballet.

Un talento natural, la disciplina asumida ante su profesión y la avidez con que aprendió de las grandes figuras que la acompañaron en el escenario, terminaron por moldear a la que, con el tiempo, sobresaldría en el teatro, el cabaret, la radio, el cine y la televisión.

Extenso sería reseñar al detalle la trayectoria artística de Rosita Fornés, desde que en junio de 1941 hiciera su debut en el desaparecido Teatro Principal de la Comedia con la zarzuela “El asombro de Damasco”, inspirada en uno de los cuentos de “Las mil y una noches”.

Luego vendría su incorporación a la compañía de arte lírico de Miguel de Grandy, en la que interpretó la casi totalidad de los géneros de esta expresión escénica, destacando en operetas como “La casta Susana” o “La viuda alegre”, en las que exhibió profusamente sus dotes de actriz y cantante.

La primera mitad de los años 40 del pasado siglo, fue un periodo de intensa labor teatral para la artista en varias compañías del patio, hasta que en 1945 es contratada para trabajar como primera vedette de la Compañía de Revistas Modernas, de México, país en el que permaneció durante siete años y en el que fue proclamada “Primera Vedette de México” y “Mejor vedette de América”.

En tierra azteca desarrolló una parte importante de su labor para el cine, medio en el que se había iniciado en 1939 con “Una aventura peligrosa”, producción cubana dirigida por Ramón Peón.

De regreso a la isla caribeña en 1952, se incorporó a los más populares espacios de la recién estrenada televisión, hasta 1957 en que viaja a España para presentarse en varios teatros de Madrid y Barcelona.

1959 marca un nuevo retorno a Cuba, participando tres años más tarde en la fundación del grupo Teatro Lírico, agrupación en la que protagonizó “María la O” y “La verbena de la Paloma”, entre otras piezas.

Ausente del cine cubano durante dos décadas, es en 1984 que reaparece en la pantalla grande con “Se permuta”, de Juan Carlos Tabío, a la que siguieron media docena de producciones, entre ellas “Papeles secundarios” (1989), de Orlando Rojas y “Al atardecer” (2001), de Tomás Piard.

A lo largo de su trayectoria artística recibió importantes reconocimientos, como la Orden Félix Varela que otorga el Consejo de Estado y los Premios Nacionales de Teatro (1981), Televisión (2003) y Música (2005).

Aunque vino al mundo en la ciudad de Nueva York, donde sus padres, una pareja de españoles radicados en Cuba vivieron una temporada y luego pasó sus primeros años en la patria de sus progenitores; aunque su aspecto físico no era precisamente el de una oriunda de la tierra que desde junio de 2020 guarda sus restos, Rosita Fornés fue raigalmente cubana y pervivirá en el tiempo como uno de los íconos de esta cultura.


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