Ramiro Guerra, un maestro permanente, un maestro para siempre


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“Mis primeras meditaciones sobre los problemas económicos
y sociales de Cuba se nutrieron a la sombra de los libros,
folletos y ensayos de Ramiro Guerra. Viva conservo aún,
como una quemadura, la profunda impresión
que me produjo la lectura de su obra
Azúcar y población en las Antillas”.

Raúl Roa García

 

Hace cincuenta años, el 29 de octubre de 1970, a la provecta edad de noventa años, falleció uno de los más grandes historiadores cubanos de todos los tiempos, Ramiro Guerra Sánchez, un autor que pensó el devenir histórico del país desde varias perspectivas, todas atendibles por rigurosas y a veces polémicas, y desde la mirada plural y compleja de un pensador profundo, más que la de un simple cronista de su tiempo; un hombre que escribió una obra inconmensurable que representa, de conjunto, una de las más vastas reflexiones sobre la historia de Cuba hechas hasta el presente.

En realidad, Guerra fue historiador, pedagogo, teórico de la pedagogía, diplomático y hombre que ejerció diversos cargos de importancia en el sistema gubernamental de la república burguesa, pero fueron sus incursiones en la historiografía nacional las que le colocaron en la posición de un intelectual de suma relevancia y que desbordó los estrechos marcos insulares.

De muy joven (15 años de edad) recibió los dañinos efectos de la guerra de independencia de 1895, cuando fue reconcentrado, junto a su familia, en Batabanó (había nacido en una finca que fue, anteriormente, una antigua colonia de caña y ex cafetal, Jesús Nazareno, en la costa sur de La Habana) y su casa y finca incendiadas y destruidas, como parte de las crueles órdenes de Valeriano Weisler para intentar detener la ofensiva del Ejército Libertador al occidente de la isla. En los días que estuvo reconcentrado, el joven Guerra presenció las precariedades, injusticias, enfermedades, hambre y muerte de familias enteras, entre ellas las de familiares y amigos.  Al concluir el conflicto, trabajó activamente en la salida y evacuación de Cuba de los soldados y marinos españoles.

Guerra comenzó su vida laboral en la enseñanza, en el pueblo Surgidero de Batabanó, y rápidamente se destacó por su laboriosidad y dotes intelectuales. Fue seleccionado por la Junta de Educación para tomar parte en el Curso Especial para Maestros Cubanos en la Universidad de Harvard, en Cambridge, Estados Unidos. A su regreso, comenzó el ascendente camino del joven docente en la pendiente escalera del sistema de enseñanza cubano y en cargos internacionales de la docencia, mientras, estudiaba su carrera. En 1912 se graduó de Pedagogía por la Universidad de La Habana y en dos años obtuvo el doctorado.

Hasta 1927 sus textos estuvieron dedicados fundamentalmente a los temas pedagógicos y es por este año que comienza su inmersión en los meandros de la historia. Una serie de artículos publicados en el Diario de la Marina se convirtió, poco después, en su primer libro sobre historiografía cubana, Azúcar y población en las Antillas (1927), un verdadero clásico de la cultura cubana. Ya hemos visto en el epígrafe de este trabajo la alta valoración de Raúl Roa García sobre ese volumen. Waldo Frank, a su vez, dijo del libro que su lectura le había proporcionado una visión más profunda y completa de la historia de los países antillanos que la de todos los libros sobre el tema publicados hasta entonces.

En 1938 publicó su Manual de Historia de Cuba, que también llamó poderosamente la atención por el poder de síntesis de una mirada aguda y abarcadora. Junto con Fernando Ortiz y Emilio Roig de Leuhsenring, Guerra formó un trio de autores que renovó los estudios de historia en la isla y fue, de los tres, el que incorporó en sus análisis los enfoques de los procesos económicos y sociales como elementos fundamentales de la interpretación historiográfica. En los debates y contrapunteos con Ortiz, que no fueron pocos, Guerra desarrolló importantes tesis que más tarde incorporó en sus libros. Entre 1943-46 fue director del importante Diario de la Marina. Un hecho sobresaliente de su trayectoria es que fue delegado de Cuba a la Conferencia de las Naciones Unidas donde se aprobó la Carta Magna de la organización. Allí hizo propuestas medulares para el funcionamiento de la ONU.

La obra primera de Guerra constituyó el sustrato cultural de un nacionalismo criollo y republicano que abarcaba, en su concepción nueva dentro de la comprensión histórica insular, el reconocimiento de las etnias africanas y otras en la conformación de lo economía, lo moral y lo político de la sociedad cubana de entonces, aunque siempre reafirmando la preponderancia del componente cultural y sanguíneo hispano en la nacionalidad (Cuba como la más española, sostenía, de las repúblicas hispanoamericanas).

En 1949 ingresó en la Academia de la Historia de Cuba. Tuvo un papel fundamental como uno de los autores de la monumental Historia de la Nación Cubana, primer texto sobre la historia completa del país, escrito en colaboración con Emeterio Santovenia, José M. Pérez Cabrera y Juan J. Remos, más otra veintena de reconocidos historiadores. La obra, en 12 tomos, publicada en 1952 por el cincuentenario de la República de Cuba, fue, de inmediato, traducida al inglés.

Entre 1950-52 publicó, en dos tomos. su obra paradigmática, si es que eso se puede decir dentro de la profusa producción de este autor, pero la voluminosa monografía La Guerra de los Diez Años. Su sentido profundo en la Historia de Cuba, 1868-78, es un estudio no superado aún sobre el hecho histórico que fue considerado, desde entonces, como el crisol de la nacionalidad cubana. Fue una obra de madurez y de una acuciosidad extraordinarias. Entre otros méritos, que tan de numerosos me impiden citarlos todos en esta reseña, está la colocación de las bases de lo que más tarde será una rama importante de la historiografía nacional, la historia regional y local. Sobre la monografía de Guerra publicaron comentarios y estudios, de inmediato, en importantes periódicos y revistas, autores como Medardo Vitier, Emilio Roig, Raúl Cepero Bonilla y Loló de la Torriente, tal fue el impacto que causó esa obra en el campo cultural de la isla.

En 1956 recibió un doctorado Honoris Causa por la universidad de Las Villas. Su obra y actividad pública como intelectual, que fue creciendo aceleradamente, lo sitúan, junto a Enrique José Varona, Fernando Ortiz y Jorge Mañach, como una de las figuras culturales y de pensamiento más relevantes de la primera mitad del pasado siglo en Cuba.

El triunfo de la Revolución Cubana sorprendió a Guerra en su cargo de Presidente de la Academia de la Historia, a punto de cumplir los ochenta años de edad. Se produjo entonces en el país un vuelco total que alcanzó a los estudios de historia y se requirió, ahora bajo la creciente influencia ideológica del marxismo, nuevas formas de encarar dichos estudios. La expresión de Carlos Rafael Rodríguez que cito a continuación, da fe de esa nueva premisa: “Puede afirmarse que, sin atender a Ramiro Guerra, la nueva historia de Cuba no podrá escribirse; pero no será Ramiro Guerra quien escriba en definitiva la nueva historia de Cuba”[1]. Esto fue escrito en 1944, pero veinte años más tarde, el alineamiento de la Revolución Cubana con la Unión Soviética y el denominado campo socialista, provocó un alud de manuales y una orientación política de la historiografía, en el sentido de encausarla en la perspectiva académica marxista-leninista, que dio luz verde a la profecía sobre los estudios históricos en Cuba hecha por Rodríguez. No le faltó pues razón al viejo líder comunista, ahora una de las principales figuras dirigentes de la revolución, ya que toda una pléyade de nuevos y no tan nuevos historiadores bebieron en las oceánicas aguas de la obra del ya clásico autor para gestar sus obras respectivas; pero la de Guerra se mantuvo (y mantiene) como un monumento inconmovible de la razón y la inteligencia. A esa altura de su vida, Ramiro Guerra tenía una obra escritural en la que se cuentan, según Araceli García Carranza, quien hizo su bibliografía (publicada una síntesis en 1978 en la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí), más de tres mil asientos bibliográficos (dos mil de ellos eran artículos periodísticos), algo realmente impresionante. Una cantidad que nunca afectó la calidad de esos escritos.

Ramiro Guerra hizo de su genuino sentimiento patriótico y republicano, inculcado por su padre en la infancia y juventud, fuente esencial de sus estudios historiográficos. Desde sus iniciales trabajos sobre Félix Varela, José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero (escritos todos entre 1912 y 1915) hasta sus textos postreros, toda su obra es una reflexión honda y en progreso sobre la historia cubana. Ningún investigador de la historia cubana que se respete puede obviar su escritura, sus enfoques y su erudición a menos que se arriesgue a pecar de superficial o ignorante.

El eminente historiador Manuel Moreno Fraginals reparó en una característica de su obra que merece citarse al final de este trabajo. Dijo así: “Para captar exactamente su grandeza, después de pasar por sus serios estudios de la Guerra de los Diez Años, o los tomos cuidadosos de su historia de Cuba, vuelvan siempre a sus escritos periodísticos, frescos, vivos, a veces desgarrantes. Y, sobre todo, penetren en dos de sus obras menos mencionadas: Mudos Testigos y Por las veredas del pasado. En ellas la historia es un presente vivo”[2].

En efecto, esos trabajos de Ramiro Guerra desbordan la tipología rigurosamente científica de casi toda su producción y se decantan por una eficaz hibridación de narrativa, imaginación y datos históricos. Así se puede leer, en el prólogo a Mudos Testigos, comentando algunas ideas sobre el trabajo de todo historiador, lo siguiente: “la verdad es el criterio del estudio histórico; pero el motivo determinante de este es esencialmente poético”[3]. Nada más atinado para cerrar la presente evocación, Guerra se alineó tan tempranamente como en 1948 a una de las tantas tendencias existentes de la historiografía moderna, la que hace coincidir el rigor con el estilo y la buena pluma, tal como observó Moreno Fraginals en la cita anterior. Es decir, fue un historiador total, tanto por sus temas como por su vastedad, por el conocimiento de Cuba, las Antillas y su tiempo, como por la profunda comprensión del trabajo historiográfico, plural, ecuménico y universal. Un maestro para siempre.

 

 

 

Notas:

[1] Carlos Rafael Rodríguez, “El marxismo en la historia de Cuba”, en Cuadernos de Historia de Cuba, Editorial Páginas, La Habana, 1944.

[2] Manuel Moreno Fraginals, “Presentación” (En: Guerra Sánchez, Ramiro, Azúcar y población en las Antillas, la Habana, 1970)

[3] Ramiro Guerra Sánchez, Mudos testigos. Crónica del cafetal Jesús Nazareno, La Habana, 1948, Editorial Lex, p.II.


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