Primeras imágenes del 24. Festival


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Primeras imágenes del 24. Festival

Con la singular versión de Alicia Alonso de Romeo y Julieta titulada Shakespeare y sus máscaras, quedaba inaugurado el 24 Festival Internacional de Ballet de La Habana sobre las tablas del teatro Karl Marx, que en esta ocasión rinde homenaje al dramaturgo y poeta inglés en sus 450 años de su natalicio. Un poco antes de la puesta, en el tradicional desfile apareció la Maestra, una de las fundadoras, junto con Fernando y Alberto Alonso, de ese sueño realizado: el Ballet Nacional de Cuba que cumplía, precisamente ese 28 de octubre su aniversario 66. Instante emotivo, acto de este encuentro, en el que Alicia volvió a sorprendernos con ese hálito de fuerza, tesón y amor que la escolta siempre.

Antes de pasar a los comentarios de las primeras funciones que han tenido lugar en esta edición de la cita de la danza, Alicia baila con las palabras, y narra historias acerca de esta versión del clásico de Shakespeare.  

“La tragedia de Romeo y Julieta es un tema por el que siempre me sentí atraída. En los comienzos de mi carrera como bailarina, con el American Ballet Theatre, interpreté por primera vez en 1945 el personaje de Julieta, en la versión de Anthony Tudor —en el peculiar estilo de este coreógrafo inglés—, con música de Frederick Delius. En 1956, centralicé la que posiblemente fue la primera escenificación por una compañía del continente americano —el Ballet Nacional de Cuba—, de la música homónima de Serguei Prokofiev, con coreografía de Alberto Alonso, quien más tarde también creó para mí un extenso pas de deux sobre la conocida Obertura fantasía de Piotr Ilich Chaikovski. Bailé también las dos versiones posteriores del mismo coreógrafo, que con el título de Un retablo para Romeo y Julieta, se estrenaron, respectivamente, en 1969 y 1970, esta vez con músicas tan disímiles como las de Héctor Berlioz y Pierre Henry, e interpreté este papel en el filme que realizara sobre ese ballet el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) en 1970. También encarné a Julieta —entre otros personajes del teatro clásico y contemporáneo— en el ballet Diario perdido, creado en 1986, con música del italiano Bruno Tedeschi, y que más tarde llevé a la Ópera de Roma”.

“Aun teniendo en cuenta las veces que frecuenté la obra en escena, continúa, desde enfoques diversos, no consideré agotado el tema, susceptible de ser ampliado en otros aspectos, presentes en el texto original de Shakespeare y eventualmente omitidos o colocados en un segundo plano en las puestas en escenas de la obra dramática, así como en las versiones danzarias y cinematográficas. Y si bien es cierto que la línea argumental eje del texto de Shakespeare: el amor desolado, jamás vencido y predestinado a realizarse sólo en la muerte de los amantes, es una historia de fuerza inigualable, que posee un atractivo supremo para la gente de teatro, Romeo y Julieta, como bien han señalado varios estudiosos, es un duro alegato en contra de la intolerancia y la incomprensión entre los hombres”.

“En mi ballet, refiere, he incluido a William Shakespeare como personaje, en un sentido muy diferente al del exitoso filme inglés Shakespeare in love, que nos narraba una historia de ficción con las peripecias amorosas del dramaturgo como eje, en torno al proceso de creación de Romeo y Julieta. En el ballet que ahora presentamos, Shakespeare aparece en la piel de un Vendedor de máscaras, objetos-alegorías del arte que lo inmortalizó. Son aquí las máscaras símbolos de los sentimientos que mueven a los personajes de la obra, y más allá, expresión de los valores de diferentes épocas, principalmente la de Shakespeare y la nuestra, que no difieren esencialmente entre sí en lo que atañe a los afectos…”.

Shakespeare y sus máscaras

Shakespeare y sus máscaras o Romeo y Julieta, obra en un acto, que viera la luz en Valencia (España) en julio del 2003, y luego en diciembre del propio año en el Gran Teatro de La Habana constituye un rotundo éxito por dondequiera que pasa. Es de esas piezas diferentes que atrapan al espectador, y aunque hay muchas versiones por el mundo de la obra de William Shakespeare llevadas al ballet con la música de Prokofiev,  y también de Berlioz, entre otras, la de Alicia es diferente. Porque utilizó, por vez primera, la  que Charles Gounod creara para su ópera homónima, a partir de una adaptación musical de Juan Piñera.

Cuando se descorren las cortinas, lo que el público recibe es un Vendedor de máscaras, encarnación de Shakespeare, actor y dramaturgo. Aparecen colgadas las máscaras de la alegría, de la tristeza, de la muerte… como signos de los caracteres teatrales. Él las va portando y de esa forma interactúa mediante ellas con los personajes, y las personaliza…

Es un ballet mágico, en el que el público encuentra siempre algún detalle nuevo, ya que el vocabulario de la coreógrafa, es amplio como su imaginación. A ello hay que añadir la interesante escenografía de Ricardo Reymena, que en esta ocasión se volvió a utilizar la original –el pasado año se realizó otra más funcional para poder pasearla internacionalmente-, que está muy bien diseñada en su solución como pura arquitectura, es sólida en cuanto a realización, y muy acorde a la obra, al espíritu shakesperiano y a la imagen del teatro isabelino. Notable labor escenográfica que es palpable siempre en las soluciones visuales firmadas por el creador. Y por supuesto, otro punto a favor lo regala Pedro Moreno, uno de los diseñadores de vestuario de más amplio registro en los escenarios españoles, quien puso su experiencia aquí, dio marcha atrás en la mirada y ancló en la Italia Medieval para inspirarse y recrear los trajes de Shakespeare y… que resultan fantaseadores y agradables a la vista.

Shakespeare y sus máscaras, vivió un importante momento en esta primera función del 24. Festival, y aunque adoleció –a mi juicio-  del “embrujo” (positivo) que la caracteriza, quizá dado por el hecho de realizarse en el vasto escenario del coliseo de Miramar que le resta intimidad, resulta un buen espacio donde los noveles bailarines del BNC, se van sedimentando en los clásicos, y van haciendo suyas las obras de tanto bailarlas.

Los primeros bailarines Anette Delgado y Dani Hernández, en los protagónicos volvieron a escenificar, una función eminentemente  fresca,  logrando diversos matices en su actuación. Ellos se entregaron al máximo, dando como resultado una función donde conjugaron la técnica, el baile y también la interpretación. Ella desplegó su arsenal escénico, y transmitió un puro sentimiento de manera espontánea. Después, su manera de bailar, (lírica y vibrante), regaló la otra parte, para armonizar. Él, un bailarín muy clásico, espontáneo, siempre seguro, bailó con energía desplegando técnica, amén que fue un solícito partenaire. Fue un hermoso diálogo de pareja que alcanzó el éxtasis en el punto final de la obra.

Como estelas positivas este Shakespeare... subrayó algunos aspectos que se deben mencionar: el primero, la justa y creíble interpretación de los personajes, y la madurez lograda en muchos de ellos, que en conjunto ofrecieron una puesta casi perfecta. Arián Molina demostró que se desarrolla a pasos agigantados sobre la escena, y que tiene condiciones para abordar el personaje de Shakespeare, se acomoda perfectamente en la parte bailable en la que no tuvo ningún aspecto a criticar negativamente, aunque debe pulir ciertos detalles del lado de la actuación. Aunque a decir verdad, se hace sentir en la escena como el vendedor de máscaras,  hilo conductor de la obra. Jessie Domínguez, quien se consolida como una actriz sobre las tablas, le da un particular aliento a la interpretación de la simpática nodriza de Julieta, que en su piel borda con matices precisos. La hermosa bailarina que es  Carolina García, como la Señora Montesco, madre de Romeo en un tono  muy real, creíble y pleno de estilo (del bueno), desborda elegancia en la escena, mientras que Amaya Rodríguez alcanza fibras sensibles en el sentimiento expresando el dolor, como la madre de Julieta. Mercucio encontró a un bailarín idóneo: Serafín Castro, quien además del perfecto baile deleitó con sus notas histriónicas; el Teobaldo de Alfredo Ibáñez llegó al espectador con fuerza en su interpretación/técnica con un biotipo idóneo para el mismo. Bien por Ernesto Álvarez en el Benvolio que lo ha hecho suyo recreándolo con pasión.

Agradable es ver cómo se desarrollan los jóvenes sobre las tablas. Dayesi Torriente en una de las mujeres de vida alegre se acomoda a la perfección en el rol, secundada por Regina Hernández y Ginett Moncho. Los saltimbanquis, plenos de vitalidad llegaron muy ágiles de la mano de Massiel  Alonso, Alejandro Silva, Maikel Hernández y Omar Morales. Mientras que el cuerpo de baile, en términos generales se mantuvo bastante homogéneo en el baile. Otro aspecto importante a señalar en el comentario es el de destacar el trabajo de la Orquesta Sinfónica del GTH que bajo la batuta del conocido maestro Giovanni Duarte, sonó a la perfección este primer día de Festival para agrado de todos.

La bella durmiente 

Entre los grandes clásicos del ballet está, sin lugar a dudas, La bella durmiente, que tiene como apoyatura musical una de las más brillantes partituras que Chaikovky escribió para la danza, amén de que resulta una obra que representa a la perfección el estilo de Marius Petipá dentro del clasicismo. Haciendo historia, esta pieza llegó tarde a algunos de los centros tradicionales de la danza en Occidente, particularmente a la Opera de París, a pesar de que Charles Perrault, autor del cuento que sirvió de base al ballet y, Petipá, el coreógrafo, eran franceses. De ahí que hacia 1973 la importante compañía francesa pidiera a Alicia Alonso el montaje de La bella durmiente, dado el éxito alcanzado por otras coreografías suyas como El lago de los cisnes, Giselle o La fille mal gardée Y aunque la versión de La bella… la había bailado parcialmente, puso manos a la obra y la estrenó en Cuba, con gran éxito, ese mismo año antes de llevarla a la Opera de París, y otras grandes agrupaciones europeas que se la pidieron más tarde, como el Teatro de la Scala, de Milán. Así nació la versión nuestra que ahora reapareció.

Después de cuatro años alejada de las tablas, la obra regresó con muchas caras nuevas ocupando posiciones en los distintos niveles, algo que llama la atención de críticos y espectadores que comprueban la capacidad de renovación de la compañía cubana. El primer impacto recibido por el espectador es el visual. A diferencia de otros ballets como Coppelia, Giselle o El lago de los cisnes, sostenidos por la dramaturgia/coreografía, La bella… es una pieza compleja que requiere de una gran producción. Necesita vistosos trajes y recursos que forman parte de la esencia y argumento de la pieza: una corte de fantasía que despierta 100 años después, donde todo ha cambiado, el estilo, los trajes… Una obra distinta en cuanto a diseño de vestuario/escenografía, apareció “vistiendo” la coreografía de Alicia  en el 2008, aunque ha tenido algunos cambios en estos tiempos.

La peculiar y atractiva escenografía de Ricardo Reymena regala muchos puntos a la puesta, y destaca por su funcionalidad, síntesis y, sobre todo, por ese toque de modernidad, sin traicionar el estilo del clásico. Expresiva manera de “dibujar” el entorno con tonalidades bien seleccionadas y delineadas para dar el ambiente de la corte, y con, elementos imaginativos de alto vuelo artístico, como en el segundo acto, en la parte del bosque que otorga cierto aire de misterio de manera ágil/ligera que llega de manera agradable al espectador. Un instante original que se ha ido acomodando en el tiempo en esta obra. Hay que sumar aquí el vestuario de Frank Álvarez –en pleno diálogo con la atmósfera de Reymena-, amén que otorga a la pieza un aire de buen gusto y elegancia (incluye las tonalidades utilizadas en la gama de los pastel), dentro de la sencillez que requiere este para la danza: bien estudiado, y hermoso estéticamente. La coreografía de Alicia, con pocos recursos, resalta en términos generales, por el poder de síntesis, y esos sabios cortes que sin atentar contra la grandeza de la obra, la aligeran y hace más dinámica y asequible al público de hoy respetando el estilo.

 

El baile

El hecho de que muchos bailarines participantes, en su gran mayoría de las más jóvenes generaciones, se enfrentaban al clásico por primera vez, hizo que por algunos momentos se notaran algunos contratiempos en el baile. El estreno de Estheysis Menéndez en el Hada de las Lilas no estuvo al nivel que se esperaba, dada la calidad de sus más recientes presentaciones. Pero hay que valorar, eso sí, una faena muy digna en el difícil papel que, sin embrago,fue creciendo con la función. Atenta siempre al estilo, con amplias extensiones, y esa hermosa línea que la caracteriza, debe, cuidar un poco más las poses, y administrar bien la técnica para bordar el personaje, una alta meta muy posible de alcanzar por esta excelente bailarina de prometedor futuro  en el BNC.

En el desempeño individual de cada hada, específicamente en el prólogo, aunque pudieron sacar más partido a sus respectivas variaciones para ser más virtuosas sobre todo dada la calidad de las intérpretes, destacaron, entre otras, Lissi Báez, Regina Hernández, Jessie Domínguez y Massiel Alonso. En los protagónicos, Viengsay Valdés/Princesa Aurora y Víctor Estévez/Príncipe Desiré desataron sonoras ovaciones con un desempeño profesional, que matizó la función. Ella, aunque no fue su mejor Bella…, desplegó todo su virtuosismo a lo largo de la obra, pero sobre todo, en un primer acto donde destacó particularmente en un adagio de las rosas para el recuerdo, con largos balances que signaron su actuación. A su lado, el novel bailarín que ha demostrado sobradas condiciones en la escena, en el estreno en el rol, tuvo momentos altos en los solos (saltos, giros) y fue un buen partenaire (pero sin superlativos). Queda ahora  un amplio camino por transitar/estudiar, en aras de matizar el personaje, tanto en interpretación como en la parte técnica. Entre las caracterizaciones que marcaron La bella durmiente está el nivel de actuación y baile evidenciado por Leandro Pérez  en Carabosse,  así como su séquito que descollaron en la noche. A ello habría que añadir el diseño de vestuario de Salvador Fernández acoplado a la perfección al decir de la escena. Nota especial obsequiaron la juvenil Grettel Morejón (princesa Florina) con su armónico baile, y sobre todo, Serafín Castro  que resaltó, como nos tiene acostumbrados, con una relevante proyección escénica desde el papel del Pájaro azul. La Reina de Carolina García, por su distinción/clase, merece todos los elogios. Nuevamente hay que subrayar, del lado positivo, la labor de la Orquesta Sinfónica del GTH, dirigida por el maestro Giovanni Duarte.

Conciertos del 24. Festival

El teatro Mella, como es ya habitual en estos encuentros de la danza internacional abre sus puertas a programas conciertos donde cabe la danza en plural. Entre los buenos instantes allí vividos en estos primeros días, se pueden rescatar: la entrega de alto vuelo escenificada por la dúctil pareja del Ballet Nacional de Uruguay SODRE: María Ricetto/Ciro Tamayo quienes desataron los ánimos en El Corsario (pas de deux D`esclave), en una unión de fuerza/destreza (él) y lirismo/técnica (ella), así como en La Tempestad, de Mauricio Wainrot, en los que los jóvenes intérpretes de la compañía que dirige Julio Bocca mostraron cuerdas sensibles. La labor del dúo de Burnise Silvius y Jonathan Rodriguez (Ballet Joburg, Sudáfrica) en Romeo y Julieta desbordante de lirismo; la actuación del Ballet de Camagüey en una interesante pieza del maestro José Antonio Chávez Fatum, donde sobresalieron dos jóvenes intérpretes: Rosalía de la Torre/Rosa María Rodríguez, así como en el Bolero, del laureado Gonzalo Galguera que pone a bailar a casi todo el elenco masculino, aunque en la primera presentación no llegaron a brillar del todo. El  toque de ¿modernidad/ciencia ficción en la danza? lo aportó Daniel Proietto, de la Compañía Winter Guests, en Sinnerman, que más que el baile despunta por el traje brillante, en forma de espiral que le permite al artista moverse “como mercurio líquido”.

Mientras tanto, en la sala Covarrubias del teatro Nacional ya se presentó con rotundo éxito la agrupación Pontus Lidberg Dance (Estados Unidos/Suecia), que lidera el coreógrafo, director de cine y afamado bailarín sueco Pontus Lidberg. Con cuatro obras: Faune, Within labyrinth within, This was written on water y Tactile, evidenciaron una manera particular de enfrentar la danza, donde se denota un saber plantear ideas mediante el cuerpo, con la formulación de las dinámicas y los fraseos pertinentes para sacudir al espectador, compulsionándolo a sentir con el pensamiento también. Explota el sentido dramático de los movimientos y gestos que siembra en los bailarines donde se confirma una preparación física extrema que los nutre. Un alto instante de un Festival abierto a todas las aristas de la Danza que es, al final, una sola.


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