Extraordinario legado de Villa Soberón


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Poeta del metal, la piedra, el mármol y el bronce, José Ramón Villa Soberón (Santiago de Cuba, 1950), Premio Nacional de Artes Plásticas 2008, se inscribe dentro de las figuras más sobresalientes del arte cubano de entre milenios. Al celebrar este 2 de septiembre el aniversario 70 de su llegada al mundo, vale destacar algunos de los aspectos más relevantes de su prolífica creación.

Dotado de una extraordinaria sencillez, silencioso y culto, este buen cubano que llama la atención por su notable estatura y su andar pausado, ha legado —y continúa haciéndolo— a la cultura cubana un numeroso conjunto de obras, a través de las cuales se manifiesta la sólida formación de un artista capaz de transitar por todos los estilos y tendencias, mediante la manipulación de los más disimiles materiales.

Maestro de la abstracción escultórica —género por el que optó en los inicios de su carrera—, Villa logra imprimirle a cada una de estas piezas que recrean la síntesis, la mimesis de la vida misma, una suerte de halo misterioso que atrae la mirada del espectador, como si cada obra llevara consigo una parte de su alma. Formado a través del sistema de la enseñanza artística instaurado en Cuba tras el triunfo de la Revolución Cubana —Escuela Nacional de Arte, 1971)—, posteriormente consolidó sus estudios en la Academia de Artes Plásticas de Praga, Checoslovaquia (1976), donde pudo conocer y aprehender del arte Europeo (clásico y contemporáneo).

Tales experiencias lo condujeron por sorprendentes caminos de la plástica  insular, mediante un ejercicio iconográfico abstraccionista al que no solo aportó su sabiduría, sino en el que se impuso con una técnica que trasciende por la libertad creadora, y por un marcado interés por atraer al espectador, el cual disfruta de sensaciones  y emociones que les proporcionan  los rítmicos movimientos de las formas, así como de su equivalencia con recuerdos y prácticas existenciales atrapados en el subconsciente.

De ahí que sus abstracciones posean esa extraña capacidad de seducir y embelesar, como sucede cuando disfrutamos de obras como Sirios y Canopus, Cruz Andina, Homenaje a Lam y la mística fuente de la Villa Panamericana, entre otras muchas diseminadas en distintas regiones del archipiélago nacional y en varios países de todos los continentes.

Al escudriñar estos trabajos se percibe el férreo análisis de cada detalle y su expresividad. No se trata de simples tótems o piezas ornamentales. Su creación, en sí enjundiosa, emana de consistentes ideas que asimismo poseen extraordinarios valores estéticos.

Villa, a diferencia de muchos abstractos, ha demostrado su inigualable capacidad para incursionar, además, en la figuración y en la abstracción-figurativa, en tanto deja bien sentadas sus dotes en el arte realista, con sus retratos escultóricos y estatuas, que tal vez son los que más acercamiento tienen con el gran público, con las gentes —niños, jóvenes, adultos y ancianos— que al transitar por las calles de La Habana Vieja detienen la marcha ante la emblemática figura del Caballero de París, personaje callejero bien conocido en La Habana y que cada día es venerado  por cientos de personas que posan a su lado, le tienden la mano o “dialogan” con él; o la serena figura del célebre bailarín y coreógrafo español, Antonio Gades (Antonio Esteve Ródenas), quien recostado a una de las columnas de la Plaza de la Catedral pareciera observar uno de los ensayos de su compañía o tal vez presta atención a la multitud que allí acude desde diferentes partes del mundo.

Es que estas esculturas de conocidas figuras —la mayoría de ellas encargadas por el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, recientemente fallecido—, del arte la religión, la historia, la política, la sociedad… adquieren, sin poder uno explicarse bien, excepcional vitalidad, como si estuvieran detenidas, pero vivas, espiritualidad que, como fenómeno de la creación individual, este artista le atribuye a sus trabajos. Tal sucede con el amigable Hemingway que desde una esquina de la barra espera a los visitantes del Floridita.  Asimismo, es imposible pasar de largo ante la pieza ubicada en los jardines del convento de San Francisco de Asís, la cual perpetúa la memoria de la Madre Teresa de Calcuta (Agnes Gonxha Bojaxhiu), ​ monja católica de origen albanés​​ naturalizada india, reverenciada en todos los continentes.

Sobre esta producción del prestigioso escultor, el reconocido intelectual cubano,  Abel Prieto Jiménez —ex presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y en dos ocasiones Ministro de Cultura, apuntó: “Mi tropezón reciente (y tardío) con la Madre Teresa de Calcuta que a solicitud de Eusebio instaló Villa en un jardín de la Habana Vieja, me  hizo pensar en una de las virtudes principales de su arte: la sobriedad que es al propio tiempo sinónimo de eficacia comunicativa, de elocuencia y habilidad para convencer. Me impresionó tremendamente aquella mujercita increíble que reza o medita doblada sobre sí misma, como un mínimo bulto irradiante de humanidad, apoyada apenas en el quicio de un bloque muy bajo de mármol, humildísima pero llena de misterio y dignidad, oscura, sí, pero también extrañamente iluminada.

El honorable político, escritor, editor y profesor agregó que se trata de “una pieza extraordinaria, muy lograda, concebida con la mayor mesura y parquedad de recursos. Nos dice mucho, sin dudas, de aquella mujer admirable; pero nos lo está diciendo desde el centro mismo de la pieza, desde el corazón renegrido del metal, sin nada de la grandilocuencia y fatuidad a las que muchas veces recurre el arte religioso y presuntamente ´místico´”.

Asimismo, sobresale un sinnúmero de obras, emplazadas en diversas partes de la capital, como la del parque John Lennon —convertida ya en símbolo de la ciudad—, en El Vedado, donde el emblemático integrante de la famosa banda de Los Beatles, deja espacio en el banco donde está sentado, meditabundo y sereno, para platicar con la infinidad de jóvenes que lo frecuentan.

Otras monumentales esculturas, igualmente admiradas y respetadas por los cubanos, se encuentran emplazadas en la Plaza de la Revolución de Guantánamo (pórticos abstractos), el monumento al Che en el Palacio de Pioneros José Martí, y el mausoleo a los mártires del 13 de marzo, entre muchas más.

En diciembre del año 2009, a propósito de la exposición Mutantia, de Villa, el escritor y etnólogo Miguel Barnet, entonces Presidente de la Uneac —hoy Presidente de Honor de esa institución—, dijo que “no es difícil interpretar el suntuoso mundo de metáforas del artista, ni su discurso intelectual. Villa siempre da una respuesta al misterio de la vida. Explora esa cavidad porosa de la especie humana donde residen los duendes del espíritu en un arcano inasible. Es una indagación a la esencia del hombre y sus ancestrales tribulaciones. Códigos clásicos de los cuales el artista se apropia para entregarnos un repertorio de símbolos que hablan por sí mismos; liberación de energía subterránea que se materializa en el acero patinado y en las formas viriles del movimiento”.

Y qué decir del perpetuo homenaje a la Prima Ballerina Assoluta y directora general del Ballet Nacional Alicia Alonso, estrella inmortalizada en una escultura figurativa que la recrea en el primer acto de Giselle, instalada en el Gran Teatro de La Habana que lleva su nombre, apreciable desde todos sus ángulos; así como el cubanísimo ídolo de la música popular, Benny Moré, que camina, con su bastón en manos, por el céntrico Paseo del Prado, en Cienfuegos.

Pareciera como si cada parque, plaza, calle o salón bajo techo donde se encuentran instaladas sus piezas, hubiesen esperado, durante años, la llegada de estas creaciones que desde entonces las engalanan y acentúan su existencia. El maestro trabaja, ante todo, con el interés de promover y fortalecer la escultura ambiental, desde la base de un diseño concordante con la arquitectura, en ocasiones para rememorar una figura o acontecimiento histórico, otras para enaltecer, desde la plástica, el paisaje urbano, buscando la conexión y retroalimentación inmediata con el público.

Vale mencionar otra vertiente de su producción de la que poco se habla. Me refiero a sus singulares joyas reunidas en la serie Espirales, iniciada en el año 2008, y a través de las cuales establece una suerte de juego expresivo en el que se conjugan las luces con las líneas y las figuras geométricas inusuales: anguladas, cortantes, quebradas.

La obra de este creador —también profesor de escultura en el Instituto Superior de Arte (Universidad de las Artes, ISA) desde 1976, donde fue también Decano de su Facultad de Artes Plásticas de 1986 a 1990 — se encuentra en colecciones de Cuba, España, Estados Unidos, Alemania, Brasil, Canadá, Checoslovaquia, Polonia, Hungría, Egipto, Rusia, Francia, Costa Rica, Italia, Argentina y México; y ha sido emplazada en diferentes latitudes. Posee más de una decena de premios y reconocimientos nacionales e internacionales.

Villa Soberon arribó a su cumpleaños 70 con el orgullo de haber erigido —y continuará enriqueciendo—  una obra colosal, admirable dentro del vasto universo de la cultura cubana, perdurable en el tiempo y en la memoria colectiva.


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