El tinajón, sujeto cultural de la ciudad de Camagüey


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Auténtico, con ese halo de misterio que acompaña los procesos culturales que con el paso del tiempo terminan por conformar la identidad de los pueblos, el tinajón camagüeyano devino símbolo de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe para sobrepasar, tras un laberíntico sendero de criollización, camagüeyanidad y cubanía, la originaria ubicación en uno de los puertos de la costa norte de la isla, la santidad que por convicción defendían sus primeros hijos y la nobleza de la Fiel y Leal que le otorgara la “madre patria”.

Anónima, como la verdad que no necesita ser explicada por clara y transparente, resulta para la cultura cubana la historia del tinajón camagüeyano, esa sensual pieza de alfarería que se distingue por la suficiencia que caracterizó la arquitectura doméstica de los primeros siglos, cuando el sentido práctico y estético iban de la mano de los labriegos locales y tanta importancia tenía la cubierta, las ventanas y las habitaciones como el huerto que ofrecía el sustento a la familia que moraba en ella; esa obra que se dignifica por ser “capaz” a usanza de la amplitud que reina en los templos levantados con el uso del barro, ese ilustre material que brota del sudor de artesanos enfrascados en sacar de las entrañas de la tierra el ladrillo, la teja, la losa y los útiles del hogar.

Así, en el tinajón camagüeyano pervive el alfarero Simón, sin más distinción que el de haber sido hacedor de una obra que terminó por dejar al margen las reminiscencias de la vasija andaluza o cualquiera de las exportadoras ciudades del sur de España en los primeros siglos de la Cuba hispánica. No pretendía aquel creador ganar la gloria, y quizás por ello descuidó registrar sus apellidos; en cambio, hijo de su tiempo, cubrió de goce sus tinajones hasta dotarles de espiritualidad y personalidad propias y convertirles en signo de abundancia y bienestar en el que se combinaba la estrechez de su boca, la voluminosa panza y la suavidad de sus líneas.

La casa fue la fuente de inspiración del tinajón camagüeyano. La casa, ese espacio rico en vanos libres de puertas y mamparas, cuya vivencialidad distinguía la unidad de sus miembros, una obra de arte sin autor que se reconocía solo por el ilustre apellido o sobrenombre de su dueño. Fue en ella, en las entrañas de las familias camagüeyanas donde se asentó el tinajón camagüeyano, fue allí donde se erigió en testigo y guardián de los sueños, aspiraciones y frustraciones de los hijos de esta comarca; hijos, en una acepción que desborda la de descendencia para alcanzar la dimensión de hijos por permanencia en el país delimitado por los ríos Tínima y Hatibonico. Por su austeridad, el tinajón no dio espacio a la diferencia entre sus hijos, uniéndoles al margen de lo indio, la españolidad o la africanía para mostrarse con una paternidad universal.

El tinajón, y en ocasiones una serie de ellos a modo de batería, fue junto a los aljibes el protector de los camagüeyanos ante el mal de las Culebras, “el horror, y el verdugo cruelísimo de forasteros, y patricios”, al decir del obispo Morell de Santa Cruz en 1756. Y su probada utilidad en sustitución de aquellos les otorgó reconocimiento e insospechado valor entre los habitantes, multiplicándolos sin medida por doquier al punto de que hacia 1838 evocara en Antonio Bachiller y Morales las hermosas tinajas del Caballero del Verde Gabán en La Mancha. ¡Claro!, el recipiente de la gran llanura cubana era ya una entidad en sí misma, con esas propiedades que otorgan exclusividad a las producciones genuinamente artísticas. Y, sin embargo, hubo que esperar un siglo, hasta 1937, para que el tinajón saliera de su intimidad hogareña y alcanzara los espacios urbanos. Y, como en el caso de la libélula, su liberación resultó definitiva y espléndida.

Debemos a los historiadores el espacio alcanzado por el tinajón camagüeyano, en tanto fueron ellos los que centraron su mirada en el pasado, particularmente a Jorge Juárez Cano, que al proponer la adquisición de ocho de ellos, para que se colocaran en los céntricos parques Ignacio Agramonte y Casino Campestre, el 12 de marzo de aquel año, le incorporó al ámbito de la historia oficial, allí donde las pequeñas cosas adquieren el aura de lo simbólico para penetrar en el imaginario de quien se le aproxima. Avales no le faltaban, había acompañado a los principeños en sus tertulias culturales, había protegido a uno de sus hijos mambí cuando en plena guerra, en 1875, acudió a él para protegerse de los españoles que le asediaban en el entorno de la Plaza de San Juan de Dios y ni qué decir de los anónimos testimonios de los arará, mandingas, bozales y otros tantos individuos traídos del África al Camagüey. Cuantitativamente había sido censado por los norteamericanos en 1900, momento en que demostró su primacía con una cifra de 16 483 ejemplares en la región. Con ese currículo fueron elegidos 22 de ellos para ambientar el patio del Hotel Camagüey en el antiguo Cuartel de Caballería junto a igual número de palmas reales, y legados luego al patronato del Museo Provincial Ignacio Agramonte como parte de su tesauro.

El tinajón camagüeyano fue la carta de presentación de sus intelectuales en el Círculos de los Profesionales desde la década del 40, la cara del canal 11 de la Televisión local y la urbanización del Reparto Montecarlo en los finales de los años 50. El tinajón devino el más auténtico souvenir del Camagüey, de ahí que la Casa Conde le utilizara como contenedor de la mantequilla Guarina que expendía a los forasteros en las inmediaciones del ferrocarril y, no en pocas ocasiones, arribara no solo a la majestuosa Quinta Avenida de La Habana o el paisaje de algún palacete de un camagüeyano ausente de su comarca en las más insospechadas latitudes del mundo.

Nuevas reevaluaciones le llegaron con la Revolución, cuando la Academia de Ciencias de Cuba dedicó enjundiosos estudios a sus misteriosos orígenes, cuyos resultados ratificaron la enigmática espiritualidad y personalidad con que le dotara el fabricante Simón. Se penetró en sus inscripciones hasta contactar entre sus artífices a José Tomás Ramírez, Juan de Jesús de la Rosa y el gremio de los Areus, se ahondó en el año de fabricación y la búsqueda del más antiguo de sus ejemplares se convirtió en una verdadera obsesión. Durante un tiempo se consideró como tal a uno cuya data se remontaba a 1751, hasta que el periodista Adolfo Silva reveló el de 1711, ubicado en el inmueble de Avenida de la Libertad no. 63, con 1,65 metros de altura y 4,40 de ancho.

La antigua tradición que se fomentara en los tejares de la Jurisdicción parecía estar condenada a su extinción cuando en julio de 1975 Miguel Baéz, Ángel Pareta y Darío Fragoso crearon, bajo la técnica del “acordelado” de cintas de barro, un tinajón de 1,50 metros de alto y 4 de ancho. La vitalidad implícita en el voluptuoso tinajón sedujo a nuevos artesanos hasta desbordar el género masculino y su producción se hizo sentir cuando en 1988 partieron de la tierra agramontina los 20 tinajones que habrían de reemplazar los perdidos en el Castillo del Morro a la entrada de La Habana, aquellos que originariamente habían llegado cargados de aceite para mantener la llama que serviría de guía a los viajeros que se acercaban a la ciudad en horas de la noche.

Protagonismo cultural alcanza el tinajón en los espacios urbanos, orgulloso e hidalgo sostiene su función decorativa en la intimidad de los patios de la arquitectura camagüeyana. Muy lejos estaba Simón de pensar que aquel panzudo recipiente que se arraigaba sin medida en la tierra, terminaría por ensombrecer e igualar la hidalguía de las torres campanarios, para enriquecer y matizar el gentilicio de “Ciudad de las Iglesias” con el de “Ciudad de Los Tinajones”.

No es posible aproximarse a Camagüey sin que se sienta su presencia; no lo es porque el tinajón es un sujeto patrimonial de insoslayable presencia. Del mismo modo, para quien sepa de esta cultura, no será nunca posible encontrarlo en cualquier sitio del mundo, sin sentir la curiosidad de saber: ¿qué camagüeyano lo colocó allí?


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