Antes de compartir con ustedes algunos de mis recuerdos sobre Haydee, necesito explicarles por qué siento tanto miedo cuando tengo que hablar en público. Le había dicho a Silvia que no me sentía capaz de poder hablar, de poder hilvanar los recuerdos sobre Haydee. Silvia fue precisa. Me dijo: “escríbelos, a mano, y verás como va saliendo”. Y aquí me tienen ante ustedes, con el miedo que me acompaña permanentemente, leyéndoles estas breves líneas.
Para que lo comprendan un poco, mi ama filipina, a quien quiero como una madre, de noventa y seis años, me contaba que durante los bombardeos de la segunda guerra mundial, en Filipinas, yo lloraba porque sentía mucho miedo. Después, cuando todo pasaba, me quedaba muy callada y triste. Sé que el origen de mi miedo actual y el de siempre se debe, bastante, a la huella que dejó la guerra en una niña de cuatro años.
Trataré de contarles algunos momentos que han quedado grabados en mi memoria.
Haydee, con su fina sensibilidad estaba al tanto de todos los trabajadores de la Casa de las Américas; al tanto de sus hijos, sus escuelas, sus familiares, sus enfermedades; sus problemas todos. Allí estaba ella para apoyarlos siempre.
Silvio, Pablo y Noel cantan aquí en febrero de 1968. Sería el primer recital de ellos en la Casa de las Américas. Más adelante sería llamada la Nueva Trova Cubana, con la que Haydee tuvo tanto que ver. Supo ver en ellos su talento y la expresión de un fenómeno que estaba generándose. Ella les abrió su corazón y su Casa. Aida, su hermana, también fue sensible al talento de los jóvenes trovadores.
En 1969, a Xavier, el mayor de mis tres hijos, que tenía entonces ocho años, tuvieron que operarlo de urgencia por una apendicitis. Día tras día, Haydee sabía de él a través de Beba, su secretaria de entonces.
En 1973 y 1975 estuve bastante delicada de salud; y allí estaba Haydee, nuevamente, pendiente de mí, de mis hijos, de mi alimentación.
En esas ocasiones me mandaba cositas de comer con notas cariñosas para que me curara pronto.
También recuerdo nuestros encuentros y desencuentros relacionados con recetas de cocina. Tuvimos, más o menos por el año 63, una cariñosa y tozuda discusión a propósito de la merluza que distribuyeron ese año en la bodega. Ella decía que era merluza y yo, que era pescadilla. «Haydee —le decía yo—, es pescadilla porque es un pescado muy pequeño». Nunca lo aceptó. Yo tampoco. Con los años recordábamos esta anécdota. Con miradas pícaras seguíamos diciendo, ella, que era merluza, y yo, que era pescadilla.
Tanto ella como Adita, su hermana, fueron excelentes cocineras. La tortilla de papa cruda y los frijoles negros dormidos, de ambas, eran platos que disfrutaban cocinando y nosotros disfrutábamos comiéndolos, especialmente María Rosa. Carmencita, la esposa de Galich, también fue una cocinera muy especial. Hacía platos exquisitos de comidas centroamericanas, que a Haydee le encantaban.
Conversando ayer con Tito, mi esposo, me hizo recordar los intensos días de llamadas telefónicas a todos nuestro amigos del mundo informándoles del arresto de Vicente, Lázaro, Augusto y Sarekita, en Bolivia. Les pedimos su apoyo y solidaridad. Uno de esos días, Tito me esperó hasta aproximadamente las 4 de la mañana. Cuando terminamos ese día, Haydee quiso irse con nosotros porque no quería regresar sola. La llevamos a su casa y le pidió a Tito que la recogiera a las siete de la mañana. La recogió, como acordaron, y vinieron a la Casa. Se encontraron con la noticia de que ya los habían liberado.
Le gustaba manejar, casi siempre sola. Y lo hacía muy bien. Cuando llegaba al patio de la Casa de las Américas, en su Oldsmobile azul claro, pedía que la ayudaran a bajar una cesta que, de vez en cuando, traía con merienda y algún platillo para que lo probáramos. Arriba, en el salón de Presidencia, la esperábamos para empezar la reunión. Abría la puerta con la cesta en una mano, y en la otra su cartera; un comentario jocoso y lista para empezar. Casi siempre, antes, hacía alguna observación sobre el libro que Silvia le envió, leyó y no pudo dejar, hasta terminarlo en la madrugada. Entonces sacaba de su cartera su aparatico del asma, lo ponía sobre la mesa y empezaba la reunión.
En muchas ocasiones, antes o después de los Consejos de Dirección, o cuando venía a la Casa a despachar con Marcia primero, después con Beba y, posteriormente con Myriam, se sentaba en la escalera y continuaba algún tema que le inquietaba, y que comentaba con nosotros.
La muerte en 1976 de Nicanor, su tío, fue muy dolorosa para ella. Desde que se enfermó de gravedad no se movió de su lado. Tito, que era amigo de sus hijas Mary e Irma y de la familia, estuvo casi todo el tiempo en el hospital acompañándolos y apoyándolos en todo lo que podía. Haydee le entregó su carro, que manejó durante esos días para todo lo que hiciera falta. Llevar o traer a la familia.
Su sensibilidad por la pintura era muy especial. Admiraba la obra de Mariano, así como la del colombiano Alejandro Obregón quien pintó, para ella, unas hermosas flores. El pintor venezolano Jesús Soto envió una carta a Mariano a propósito de la muerte de Haydee: “no me queda sino que aceptar con mi más profundo respeto su destino”.
Cuando Haydee viajaba fuera de Cuba, tenía por costumbre dejar a alguien al frente del trabajo de su oficina. En una ocasión, durante su viaje a México en 1975, me tocó a mí asumir esa responsabilidad. Dejó esta carta: “Chiqui debe quedarse en mi oficina y responsable de todo lo que me llegue, que canalice y considere lo que tenga solución y lo que entienda deba esperar por mí lo guarde y lo veremos a mi regreso, que no acumule cartas que deben enviar algún organismo, las mande al organismo correspondiente por orden mía”.
Para terminar quiero leerles este poema de Roberto, creo que inédito. Yo acostumbraba a guardar los poemas y los papelitos que hacía en las reuniones. Y este es uno de ellos.
En la Casa de las Américas
Yace enterrada Haydee
Florece en rosas coléricas
Desde la cabeza hasta el pie
Aún muerta de valientes es espejo
(La abonan con sus huesos y su fe
Los que fueron los miembros del Consejo).
La Habana, 28 de julio de 2010 / 12:40 a.m.