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En el aniversario de la muerte de Alejo Carpentier
Autor: Graziella Pogolotti | Fuente: CUBARTE | 27 de Abril 2009

El médico le aseguró que conservaría su dignidad de hombre hasta el final. Así fue. Aquel 24 de abril había sido una jornada laboral como tantas otras, dedicadas al cumplimiento de sus tareas en  “el reino de este mundo”, como repetía con tanta frecuencia. Las horas tempranas se dedicaban a la escritura. Luego, atendía sus compromisos de intelectual y diplomático. De regreso a la casa, los libros necesarios para la obra en proceso estaban al alcance de la mano. Esa noche, recibió la visita de Fina García Marruz y Cintio Vitier. Los poetas cubanos han rememorado el encuentro y la conversación lúcida sobre viejos y nuevos temas de la literatura y el pensamiento. Después de la despedida, a la hora de recogerse, Carpentier se derrumbó.

Había caído un coloso. Dotado de indiscutible talento, no se dejó adormecer por los favores de la hadas. Se construyó a sí mismo en la dura brega de la vida. El abandono del padre lo precipitó en el desamparo. Obligado a velar por la subsistencia de su madre y la suya propia, desempeñó numerosos oficios. Periodista, maestro de piano, pionero de la radio, sonidista y asesor musical, luchó por encontrar espacio para su vocación de escritor. Instalado en Caracas desde finales de la década del cuarenta del pasado siglo hasta el triunfo de la revolución cubana, confiaba en cartas a sus amigos, la necesidad de mantener vivos y constantes los vínculos con su isla, donde la imperiosa necesidad de ganar el sustento postergaba indefinidamente la realización de su obra literaria. Durante catorce años, Venezuela le ofreció la posibilidad de conciliar ambas cosas. Fueron aquellos años fecundos de cristalización de una obra madura, desde El reino de este mundo hasta El siglo de las luces.

Investigaciones de especialistas cubanos como Ana Cairo y Sergio Chaple, entre otros, confirman que había nacido en Lausana, Suiza. Un libro de este último, de próxima aparición, explica con riguroso apoyo documental las razones de una tardía inscripción de nacimiento en Cuba. En efecto, detenido por la dictadura de Machado en 1927, estaba amenazado de deportación. El suyo no es un caso excepcional. Por diversas causas azarosas  muchos hemos nacido en otra parte, sin mengua de nuestra cubanía esencial. En cambio, los motivos del encarcelamiento ilustran la coherencia del escritor en el propósito de llevar adelante su obra literaria aparejada al empeño por participar en la construcción de un país. Lo hizo como animador cultural en los dominios de la música, de las artes plásticas y de las letras. Lo hizo también en su condición de hombre de izquierda y de ciudadano. La línea trazada en este sentido es similar a la de buena parte de los intelectuales de su tiempo.

Los compañeros de Carpentier en el grupo minorista, en el equipo de la Revista Avance, en la promoción de la muestra de arte nuevo habían nacido con el amanecer de la República neocolonial, lastrada por la intervención norteamericana y la Enmienda Platt, por la irrupción del gran capital en la industria azucarera, por la corrupción política y el caudillismo, por la continuidad de una mentalidad heredada de la etapa del dominio español. Aspiraban a refundar la nación mediante la renovación del arte y la literatura, el fortalecimiento de los vínculos con la América Latina, la apertura hacia las corrientes de la contemporaneidad y el saneamiento de la vida política. Los más lúcidos, entre ellos Carpentier, contribuyeron al descubrimiento de los valores de la cultura afrocubana. La dictadura de Machado colocó en primer plano el conflicto político y radicalizó las posturas en este campo. Excarcelado, pero sujeto a control policial, Carpentier marcha a París con el poeta Robert Desnos.

En Francia, el escritor inicia una etapa de intenso aprendizaje. Prosigue, con los medios a su alcance, la lucha antimachadista. Se sumerge en el hervidero de ideas de la Europa de entreguerras. Mantiene viva la relación con Cuba, se acerca  a los círculos latinoamericanos y sistematiza sus estudios sobre la historia y la literatura del Continente. Sin abandonar el ámbito de la música, publica su primera novela, Ecue Yamba O. Situado siempre a la izquierda, se impregna del debate político de la época. Percibe los indicios de una tormenta que se aproxima.

La guerra de España estremece la conciencia de los escritores y artistas del mundo. Carpentier participa en el Congreso de escritores de Valencia. Escribe crónicas admirables donde revela, a través de detalles significativos, la violencia innombrable de las bombas, el dolor y la resistencia del pueblo. La experiencia le dejará una huella imborrable. El zarpazo fascista anunciaba un holocausto de mayores dimensiones. De regreso a Cuba, algunos artículos sobre el acontecer de la segunda guerra mundial evidencian los rastros del amargo recuerdo. Evoca en ellos la traición de las democracias occidentales y, en particular de León Blum y la socialdemocracia francesa, que dejaron inerme a la república ante la embestida franquista respaldada por el apoyo militar y logístico de Italia y Alemania. Esa amargura reverdece en la voz de Enrique, el protagonista de La consagración de la primavera.

Con el triunfo de la Revolución cubana, regresó a su tierra. Quemó las naves. Renunció a las ventajas de una posición muy acomodada, que le reservaba tiempo para proseguir su obra. No todos lo recibieron como hijo pródigo. Afrontó mezquindades en silencio, al margen de cotilleos de pasillo. Volvió a empezar. Sentó las bases para el desarrollo de un verdadero movimiento editorial cubano. Intervino en el debate intelectual y político de la época. Cultivó la amistad en heterogéneas tertulias íntimas.

Un reciente libro de Inmaculada López Calahorro indaga acerca de la raigambre estoica del pensamiento carpentereano. Su ética se fundamenta en la entrega absoluta a la tarea de hombre en el reino de este mundo. Una disciplina férrea le permitió conjugar responsabilidad social y obra personal. En los últimos años de su vida, enfermo y sometido a duros tratamientos siguió dedicando cada amanecer al cuidadoso laboreo de sus manuscritos. Ajeno a la autocompasión, consideraba quizás que la existencia propia es también una obra en proceso. Así, en un recodo del camino quedaron sus papeles inconclusos. Sometidos a las tentaciones del mercado, muchos novelistas exitosos repiten hasta el cansancio la misma fórmula bien probada. Carpentier se mantuvo acicateado por el afán renovador. La escritura constituye un permanente acto liberador. Llegado al borde de los setenta años, Carpentier desata  las riendas del humor en El recurso del método y sobre todo en Concierto barroco, carnavalización del diálogo entre el acá y el allá, así como de las instancias del tiempo. La consagración de la primavera recorre la aventura estética y política del siglo XX. A la vez, desde una perspectiva crítica, El arpa y la sombra desmonta el andamiaje convencional de la narrativa y se instala, de manera inaugural, en la contemporaneidad.

Interrumpida por la muerte, la obra de Carpentier permanece abierta a lectores y especialistas. El contexto de la contemporaneidad ofrece posibilidades de acercamientos insospechados, no agotados en el análisis del barroco y de lo real maravilloso. Los documentos todavía inéditos, en fase de ordenamiento, ofrecerán pistas para una renovada indagación.

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