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Mi relación con José Martí
Autor: Graziella Pogolotti | Fuente: CUBARTE | 15 de Octubre 2008
(Cubarte). Por vías misteriosas, José Martí ha alimentado el alma de los cubanos. Después de su caída, cuando su obra andaba todavía dispersa en páginas de periódicos, en algunos manojos de versos o en el recuerdo de sus espléndidos discursos, todos reconocieron en él al fundador y maestro. Su profunda disección del presente abrió su percepción hacia el territorio desconocido del provenir con una clarividencia que aún hoy asombra y produce vértigo.

Tanto fue su influjo que los políticos de la república neocolonial no lograron malbaratar su legado, aunque reiteraran a troche y moche las mismas citas. Valerse de las brillantes síntesis axiomáticas frecuentes en la prosa de Martí resulta tentador. Pero castra la sustancia viva latente en el modo de discurrir del cronista y del orador donde se vertebra un aleccionador ejercicio del pensar indispensable en los tiempos que corren. Bien informado acerca de los grandes temas de su contemporaneidad, separa lúcidamente la paja del grano para impregnarse del presente y trascenderlo al entrelazar la persona humana – siempre protagónica- con el devenir del mundo en el contexto preciso de su estar en la tierra en una isla que es, también Continente.

Poco entendía yo cuando Manuel Isidro Méndez, ese español cubanizado a través de su devoción martiana, disertaba en interminables conversaciones con mi padre, acerca de las influencias filosóficas latentes en el pensar del Maestro. Mientras eso sucedía, mi aproximación a la obra de Martí se iba haciendo de otro modo. Sin mediaciones parásitas, mi diálogo personal se establecía en el contacto directo con sus textos. Memorizaba en clase los Versos sencillos, leía La Edad de Oro sin atender al orden prefijado para llegar, algo más tarde, a la experiencia estremecedora del Presidio Político en Cuba.

Leer a Martí debe ser, ante todo, una feliz aventura personal del descubrimiento literario, despojada del ritual de reverencia impuesto por su carácter paradigmático. Sólo así se nos revela, a la manera de los clásicos como un auténtico contemporáneo, vigente por los temas y por la escritura, a pesar de sus inevitables marcas temporales. Nunca reduccionista, su percepción de la realidad, rica y múltiple, ajena a dogmas complejiza e interroga, incita a numerosas posibilidades de lectura. Escapa a todas las etiquetas porque no se atiene a formularios estrictos. Conduce al lector a desentrañar el mundo de hoy desde su génesis en las Escenas norteamericanas cuando la visión de Estados Unidos crecía en el imaginario de los liberales de Europa y de nuestro Continente, advirtió el nacimiento del imperialismo cuando los criollos latinoamericanos se adscribían de manera unilateral a las corrientes venidas de Europa, comprendió la grandeza del patrimonio indígena cuando los pensadores se dejaban arrastrar por el deslumbramiento cientificista, se propuso diseñar una modernidad a la medida de las necesidades de nuestra América. El constructor de utopías mantuvo siempre vigilante su costado realista. Creyó en el mejoramiento humano porque tenía plena conciencia de la debilidad de los hombres. Organizador de la guerra necesaria, entregado al acopio de armas y a la preparación de expediciones, conspirador permanente, confió – como bien lo ha señalado Fina García Marruz – en la fuerza revolucionaria del amor. Por eso, su palabra viva, en movimiento, es imprescindible en los ásperos días de un milenio preñado de confusión y de amenazas de todo tipo. Paradójicamente, la capacidad de soñar ofrece el camino más corto hacia la verdad oculta tras las apariencias.

La devoción de un pueblo quiso fijar en mármol la imagen definitiva de su rostro. Nada más ajeno a su dimensión esencial que la frente abombada del pensador absorto en el silencio de sus reflexiones. La grandeza de José Martí, hombre y poeta, se revela en la extrema vulnerabilidad de un cuerpo lacerado por la marca de hierro del presidio. Frágil y vulnerable, venció el dolor de las manos ampolladas por los remos para llegar al paisaje más agreste de su isla, después de esquivar acechanzas, persecuciones y un mar embravecido, plagado de rocas traicioneras, para cargar luego armas y mochila, libros y medicamentos, para iniciarse como enfermero ante la primera sangre derramada. Echar su suerte con los pobres de la tierra fue palabra convertida en acto en Tampa y Cayo Hueso, junto a los tabaqueros y, sobre todo en su peregrinar último, a través de la República Dominicana y Haití hasta llegar a Cuba. La mirada cómplice, nunca distanciada, se detiene en los detalles, en las pequeñas cosas, en los gestos involuntarios, en el modo de vestir, en la sencilla solidaridad de los escasos bienes compartidos y muestra la intimidad recóndita de los otros, de los campesinos de las islas, del heroísmo callado de los protagonistas de la guerra grande. En lo concreto del hombre común se manifiestan los valores esenciales potenciados por una acción redentora. Quien avanza a través de las islas, consiente de las acechanzas que lo amenazan, no es un iluso. Sabe que la guerra tiene sus exigencias y que, en la hora decisiva, con mano férrea, hay que imponer el castigo imprescindible para la salvaguarda de todos.

Así, desde abajo, en el diálogo íntimo con los hombres y con la naturaleza, José Martí construye el espíritu de la nación. En las más difíciles condiciones, lo hace también dejando la huella de la palabra, en sus últimos diarios, prodigio deslumbrante de una prosa iluminada, porque no pudo, no quiso, renunciar a su destino de escritor, aquello que lo hizo diferente y, a la vez, lúcido y cercano. Su palabra resplandecía al correr apresurado de la pluma, sin tiempo para afeites porque en el encuentro con la tierra originaria había recuperado la totalidad del ser. Hoy, cuando la avalancha de los ciclones nos abate, esa palabra, siempre útil, cargada de humanidad esencial, es tan necesaria como el pan que tenemos que librar con el esfuerzo de todos.

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