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Música y sociedad, una mirada contrapuesta a la cultura
Autor: Graziella Pogolotti | Fuente: CUBARTE | 23 de Septiembre 2008
(Cubarte).- El universo actual, invadido por el mercado, el espectáculo y el pensar ligero, ha decretado la muerte del intelectual, hijo y forjador de la modernidad. También ha socavado el prestigio del scholar, venido de más atrás, del monasterio y la universidad, alejado de la vida pública, aferrado a una ética del saber exacto, gris, eficaz y tan resistente como para seguir acompañando al otro, activo en todos los foros, suscriptor de manifiestos y protagonista de polémicas literarias y políticas. La academia es hoy un recinto donde las modas desfilan por las pasarelas y donde se aprende a construir discursos mediante el corta y pega del Internet, donde los buscadores con simpáticos apodos infantiles desplazan la paciente exploración de las fuentes primarias.

La música ocupa un sitio privilegiado en el contubernio fascinante de la más avanzada tecnología con el mercado hasta conformar la expresión idiota del portador de audífonos, ajeno a la realidad del mundo que lo rodea. Su presencia es omnívora, omnipotente y homogeneizante en su modo autoritario de atravesar fronteras y degradar la savia fecundante de la diversidad.

Zolia Lapique ha levantado, sobre los cimientos de la más exhaustiva erudición al modo de un monástico scholar, un renovador y fascinante recorrido por el proceso histórico de la música cubana hasta los finales del siglo XIX. Cuba colonial, música, compositores e intérpretes (Ediciones Boloña, La Habana 2007) se sustenta en fuentes documentales, periódicos, revistas especializadas, programas para construir el relato de la vida musical. Escasean los datos referidos a las etapas iniciales de la colonia, pero al llegar al siglo XIX se produce un verdadero desbordamiento informativo, favorecedor de un rescate de la vida musical habanera en su cotidianeidad, complementada con alguna mirada de soslayo acerca de lo sucedido en Santiago y Matanzas. Logra producir un entrecruzamiento a la vez sincrónico y diacrónico de lo popular y lo culto, de la ópera y la zarzuela, de lo local y lo procedente de Europa y Estados Unidos.

Como la ciudad de La Habana, a lo largo del siglo XIX, la música se desborda más allá de las murallas que van perdiendo sentido en la medida en que cesan las amenazas de la piratería. Dentro y fuera de esos límites, el mosaico musical se multiplica en géneros y funciones diversos. Los molinos de los ingenios sustentan el poder de la sacarocracia asentada en Occidente. La demanda de caña impone la insaciable exigencia de mano de obra y la trata de esclavos agiganta, imparable, el infame comercio de africanos. Por más de un motivo, el Palacio Aldama es la imagen tangible de estos tiempos, mientras Matanzas se convierte en la Atenas. En el relato cronológicamente dispuesto de los sucesos de cada día, el hilo conductor de proceso se teje a través de la música bailable, clave de un diálogo creador participativo entre música y danza, entre los ejecutantes de los instrumentos y su contraparte, los ejecutantes del baile. El ritmo impone los pasos y responde a sus exigencias.

En el jolgorio de los festejos campestres o urbanos se extiende la subversión que va minando las partituras establecidas y las costumbres tradicionales. La prensa recoge graves comentarios acerca de la moral porque el acercamiento de las parejas en el baile, con su sensualidad cada vez más evidente, desplaza las rígidas coreografías de antaño. Se introduce la célula musical definitoria del cambio y llegan de Santiago los ecos del Cocoyé. La acción de un prejuicio interviene de manera decisiva en el proceso. Por razones clasistas, los blancos estaban privados de la posibilidad de ejercer oficios manuales. Podían ser escritores, portadores de ideología, puesto que la letra ennoblece. Podían tocar el piano por afición para más brillo de los salones. Pero no debían desempeñar oficio artesano de pintores y músicos, tarea reservada al numeroso sector mestizo. Iba a mediar la centuria cuando el poder colonial decidió costar de raíz el lento ascenso social de los mulatos y frenar, mediante la violencia represiva un proceso tendiente a ampliar el espacio económico y cultural favorecedor del espíritu libertario. La llamada conspiración de la escalera se abatió sobre una capa de la sociedad todavía vulnerable donde podía germinar el espíritu emancipador. Poeta y artesano, Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, permanece en la memoria como la víctima emblemática del crimen. Pero fueron muchos los que cayeron. Otros sobrevivieron después de padecer terribles torturas, entre ellos, músicos populares de renombre, animadores habituales de salones y fiestas. Los sobrevivientes terminaron por regresar. El proceso de contaminación cultural venía desde abajo y era irreversible. Desde el ámbito intelectual, la resistencia al mestizaje se manifestaba de diversas maneras. La prédica moralizante encontraba su complemento en consideraciones de orden estético. La concepción autoritaria de la coreografía en la contradanza era el freno necesario ante la espontaneidad creativa de los bailadores demasiado alusiva a una ostensible aproximación sexual. El debate teórico se establecía entre el predominio de las cuerdas, según la tradición europea y la percusión, donde el contacto directo de las manos atestiguaba la raigambre africana. El lector contemporáneo disfruta desde la distancia los balbuceos retóricos de los cronistas de un tiempo pasado. Constituyen, sin embargo, testimonios involuntarios de un complejísimo proceso histórico de cristalización de una cultura nacional, obra de todos no sólo de eminentes letrados.

Cuba colonial, músicos, intérpretes, compositores es la obra de toda una vida. Por eso, a pesar de su base erudita, su texto introductorio rehuye las fórmulas académicas tradicionales. En tono autobiográfico, se remite al vínculo amoroso de la autora con la música. Sólo el amor y la permanente alegría del descubrimiento alientan la construcción de monumentos de esta índole. Recuerdo a Zoila en el trasiego fecundo impuesto por María Teresa Freyre de Andrade para sacudir la modorra de la Biblioteca Nacional. Andaba por los pasillos entonando arias de ópera italiana. Se hundía en los almacenes polvorientos para descubrir en la papelería allí arrumbada revistas musicales olvidadas. Esas fueron las fuentes originarias de un trabajo paciente que ahora cristaliza. Pero no hubiera adquirido el calado real, si esa acuciosa búsqueda no hubiese estado acompañada por los debates cotidianos con los historiadores cubanos más importantes de la época en una suerte de taller informal permanente. Así, el detalle preciso cobra sentido al integrarse a su referente ineludible. Sin yuxtaposiciones ficticias, el texto dialoga con su contexto. Resultado de la sistematicidad del scholar y de una lúcida perspectiva histórica, Cuba colonial, música, intérpretes, compositores, constituye ya un imprescindible libro de consulta para especialistas y estudiosos de la cultura cubana.

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