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Samuel Feijóo, el sensible zarapico “fuera de serie” (II parte y final)
Autor: Imeldo Álvarez García | Fuente: CUBARTE | 29 de Julio 2010
Antes de conocerlo personalmente, leía con interés trabajos de Feijóo sobre José Martí aparecidos en revistas nacionales. Digamos: “Martí encuentra su paisaje” y “La guerra culta de José Martí”. Ambos, en Bohemia. El primero, el 22 de febrero de 1963. El segundo, el 17 de mayo del mismo año.

Tengo en una agenda varios segmentos de estos artículos de Feijóo que repaso para glosarlos en encuentros y debates.

Sus cuentos y noveletas, en particular sus novelas, han constituido para mí lecturas deleitosas. No solo Juan Quinquín en Pueblo Mocho, cuyas versiones para el cine y la televisión situaron a Feijóo en los más diversos espacios. Tumbaga, La jira descomunal, Pancho Ruta y Gil Jocuma, La vida completa del poeta Wampampiro Timbereta.

En 1961, agrupó, en silvestre desmelene, Diario Abierto, cuentos escritos en su andar por los bateyes y pequeños pueblos como Caonao, los cuales, juntos con otros, dio a conocer por Letras Cubanas en 1982 bajo el rubro de Cuentería.

¿Quién no ha disfrutado entre nosotros sus Cuentos de humor cubanos? En 1975 obtuvo premio en la UNEAC con Cuentacuentos, un libro integral, para ahondar en el espíritu de nuestra cultura. Así dijo, lo recuerdo, cuando Nicolás Guillén le entregó el diploma. Y recuerdo los comentarios que improvisó en esa ocasión, con el mismo desenfado con que lo hizo en la sala de conferencias de la Biblioteca Nacional la mañana en que lo invitaron a hablar de poesía.

Julio Le Riverend lo presentó –al igual que Guillén en la UNEAC– con igual solemnidad. Y Feijóo, para entrar en el tema, abrió un saco, extrajo una calavera, encendió una vela y la colocó echando chispas sobre la huesa reluciente. El público estalló en risas. Un señor encorbatado se marchó a grandes pasos gritando no sé qué.

Pero se perdió uno de los más sensibles discursos sobre la poesía. Feijóo empezó evocando su juvenil Beth-el y luego profundizó “en la niña de los ojos de los pueblos”, de las delicadezas y ternuras de la gente sencilla cuya lengua –avant la lettree– es pura vibración del alma, asunción viva que se alimenta de tesoros naturales.

Los grandes poetas no son más que expresiones de esas “niñas de los ojos” abiertas por la luz que viene de lo profundo. Su hija, Adamelia, a quien he oído hablar de esto, sabe que no todos han comprendido la multiplicidad del talento de su padre, pensador al que aún debemos la biografía que merece.

Silvia Padrón Jomet nos entregó en el 2005 un libro –un libro es la tierra, con su cielo encima– sobre La dimensión cultural de Samuel Feijóo. Un merecido premio del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.

Hay que volver por estas páginas, en las cuales la humildad del ser y la mitopoética se unen en la búsqueda de un camino abierto aquí con transgresora inmersión teórica.

Capaz de entrar en cualquier bosque o de abrir cualquier puerta que no condujera al silencio, Feijóo no temía entrar. Desde los días de Orígenes, Virgilio Piñera nos habló de su celestial camaradería. “De dónde ha salido este andariego Samuel Feijóo?” preguntaba Roberto Fernández Retamar en 1961.

Y decía: “Vive sin establecer distingos mayores entre un verso de Shelley y lo que oyó en una canturía en lo más espeso del monte; entre la tela refinada bruta de París y el garabato risueño y socarrón que pintó para él su amigo el zapatero”.

Es que la verdad “no sale siempre” de los infolios o de los lienzos, sino “directamente” de la vida, que no es invención, con perdón de Antonio Machado, sino riesgo, lucha. Una especie de cuerpo a cuerpo con lo que transcurre en contra o a favor del espíritu. Aunque uno está “casi siempre” con uno mismo, uno nunca está “completamente” solo, si se sigue lo humano sin temer a los riesgos. Lo humano, para Feijóo, era siempre la mejor alternativa de los creadores.

La tarde en que descendí del avión que me condujo al aeropuerto de la capital de Mongolia, me estaba esperando un funcionario de nuestra Embajada, interesado en saber si yo pensaba como Feijóo que el plato típico de los campesinos cubanos era “nalgas de pulga fritas”.

En Moscú Nina Bulgákova me llevó con Samuel a comer “el mejor ajiaco” de la ciudad y el poeta, luego del postre, le dijo: “Cuando vayas a La Habana Imeldo y yo te vamos a invitar a comer un ajiaco de verdad”.

Pasaron los meses y un día llegó Feijóo corriendo a mi casa. “Oye, Nina llega dentro de una semana y debemos brindarle el prometido ajiaco, me ha escrito con el agua hecha agua”. Yo salí disparado para mi pueblo matancero y él para Cienfuegos. Eran días de aguda escasez, pero cuando la soviética arribó la llevamos a disfrutar un espléndido ajiaco, hecho con todos los ingredientes debidos, y la Bulgákova estuvo tres días comiendo de aquel ajiaco. “Oye, ella cree que esto ha sido reír y cantar”. La notable periodista y editora finalmente se enteró de todo y no mencionó más la palabra ajiaco.

Tuvimos que invitarla a la Bodeguita del Medio mediante la ayuda de Nicolás Guillén. Pasamos la velada hablando de Puskkin. Semanas después, Feijóo me llevó de regalo un viejo ejemplar de la revista Islas y el número más reciente de Signos. El viejo ejemplar de Islas acabo de leerlo. Es el volumen IX de Abril-Junio de 1967, dedicado a la Revolución de Octubre, con decenas de fotografías tomadas por el poeta, Nina y periodistas ucranianos amigos.

Me detengo en la página 91 para releer un párrafo escrito por Feijóo que entonces subrayé con lápiz azul: “Es verdad que en todos los sistemas del mundo, en todas las culturas, en todas las economías, existe un inmenso peligro: la mediocridad con mando. (…) La mediocridad destruye, retarda, su sola moral es la posición”.

Fundada por Samuel Feijóo en 1969, la revista Signos ha sido siempre vanguardia en la expresión intelectual de un nutrido destacamento de creadores que han defendido “la concertación en sus páginas de numerosos intereses de vida (…) sin capillismo ni cerrazón dogmática”. Uno de sus fieles, René Batista Moreno, ha fallecido, pero su Director, Ricardo Riverón Rojas, el equipo técnico y el Consejo Asesor siguen adelante mostrando la legendaria lucidez de los villaclareños.

Acabo de leer los “Recuerdos musicales de Samuel Feijóo” escritos por Batista Moreno. Repaso todos los números que poseo de Signos Pienso en los profesores de la Universidad Central de Las Villas. Y en las palabras de Feijóo que me sirvieron de soporte para rendir pleitesía a Cintio Vitier en el Centro de Estudios Martianos.

En realidad, nunca me ha abandonado la idea de que aún no se ha entregado a los lectores la obra que recoja la obra de Samuel Feijóo con toda la multiplicidad existencial que vivió su vida.

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