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Tres momentos en la Cuba neocolonial
Autor: Graziella Pogolotti | Fuente: CUBARTE | 26 de Mayo 2010
Con el intercambio simbólico de banderas, Cuba iniciaba el 20 de mayo de 1902 una nueva etapa histórica, eslabón indispensable para comprender lo que habría de suceder en el tránsito hacia la Revolución. El país exhausto se entregaba a los aventureros de la fortuna, favorecidos por las ventajas de toda ínndole que les ofrecía el experimento neocolonial. Las tierras se vendían a buen precio, mientras la política arancelaria agigantaba la dependencia económica de una isla destinada al monocultivo, subordinada a las demandas del comercio exterior, carente de posibilidades reales para un desarrollo autónomo. Por si fuera poco, la Enmienda Platt coronaba el proyecto imperial.

En ese clima de dramática desilusión, los intelectuales, formados en la centuria precedente, intentaron tomar la palabra. Algunos –Varona, Sanguily, Ortiz- pasaron por una experiencia política. Impotentes ante los rejuegos de los partidos políticos, abandonaron el campo para constituirse en ejemplo moral, a través de un magisterio personal. Ilustrativo de esta actitud es el título Desde mi belvedere, recopilación de trabajos de Enrique José Varona, quien supo, sin embargo, llegado a edad provecta, correr los riesgos necesarios en el diálogo activo con los jóvenes revolucionarios del treinta. Se trataba, ante todo, de seguir pensando en Cuba, y de establecer la continuidad, a tenor de las nuevas circunstancias, con el programa independentista del siglo XIX. Todavía inédita, la obra de José Martí seguía siendo una presencia milagrosa. Su rescate y su puesta en circulación era tarea impostergable de la etapa.

Para encontrar respuestas ajustadas a la realidad, había que comenzar por plantearse las preguntas adecuadas. La noción de imperialismo asociada a la expansión norteamericana empezaría por tomar cuerpo. Era indispensable, así mismo, reformular el concepto de qué somos para definir la identidad nacional atenida a las circunstancias de la contemporaneidad, mirar hacia dentro y restaurar nuestros propios referentes culturales. Con su positivismo atemperado, según la tradición ecléctica cubana, Varona se interesó por la sociología. Procedente de la criminalística, Fernando Ortiz avanzó hacia la etnografía, profundizó en los estudios culturales para recuperar la nación desde una perspectiva multirracial. Por otra parte, en el proyecto republicano estaba latente la voluntad de ingresar en la modernidad. El examen de las propias fuentes históricas apuntaba hacia el porvenir, aunque persistía la tentación de buscar modelos en el panorama internacional existente. Algunos propugnaron, como fórmula de resistencia ante la omnipresencia yanqui, la vuelta al cauce común de la hispanidad, aún cuando la nación ibérica atravesara entonces una crisis profunda. Otros estaban hipnotizados por la activa eficiencia norteamericana.

Pero, por encima de todo, el gremio intelectual aspiraba a agruparse con vistas a ejercer influencia en la opinión pública. Así surgieron la sociedad de conferencias y la revista Cuba Contemporánea, atesorada por los grupos ilustrados que integraban las llamadas profesiones liberales. Sin embargo, la transitoria voz grupal habría de esperar por los nacidos con el siglo. El minorismo se dio a conocer con un retumbante manifiesto programático que imbricaba cultura y nación. Congregó un conjunto heterogéneo de personalidades, Clan disperso lo denominó Alejo Carpentier años más tarde porque en breve tiempo se afianzarían las diferencias ideológicas. Un segmento fundó la Revista de Avance. Efímera, interrumpido su desarrollo por la dictadura de Machado, la revista dejó huella perdurable. Abrió paso a la vanguardia, vinculó a los escritores con músicos y artistas plásticos, colocó en el panorama nacional a algunas figuras que marcarían con su influencia la etapa siguiente y sobre todo, modificó las coordenadas culturales y políticas. Descartando la antinomia España-Estados Unidos, fortaleció los nexos con la América Latina. Solidaria con Nicaragua y Puerto Rico, reconoció en Mexico y en la Argentina movimientos orientados hacia un mismo cauce. Tras la caída del tirano, el fracaso de la revolución del treinta fracturó dolorosamente las esperanzas. Recogidas sobre sí, la cultura devino para los seguidores de Orígenes en reducto de resistencia. Los caminos de la política parecían cerrarse otra vez.

Nacida en el entorno de los años treinta, la generación del cincuenta apareció condenada a la dispersión. La danza de los tiburones desembocó en la dictadura del otrora sargento Batista. Ante el desconcierto, los proyectos comunes se esfumaron. Las revistas soñadas se volatilizaron como ilusiones de una noche de verano. La cultura no podía aislarse en la inocencia política. Bajo el amplio espectro de la izquierda, Nuestro Tiempo resultó una propuesta plurigeneracional que acogió artistas de todas las manifestaciones, incluidos los cineastas en ciernes. Las expectativas de más de medio siglo cristalizaron en la década siguiente, durante la cual se anudaron las alianzas inter-grupales que caracterizarían la época. En ella, como en toda etapa de intensa creatividad, no faltaron las contradicciones, mientras el horizonte cultural se ampliaba hacia zonas hasta entonces relegadas.

Como Pulgarcito en su andar, la cultura va dejando piedrecitas para discernir senderos en medio de la maraña del bosque. Los intelectuales de la república asumieron una pesada carga de frustración. Atenidos a las nuevas circunstancias prosiguieron una tradición iniciada en la centuria precedente. Muchas veces solitarios y marginados, se empeñaron en preservar la eticidad. Abiertos a las corrientes de pensamiento existentes en otras partes, se esforzaron por inscribirlas en el tronco viviente de la nación. Aún los escépticos decididos a dejar una marca, mantuvieron tozudamente una posición afirmativa. Su obra, depositada en bibliotecas, vigente en la memoria de los cantares y perdurable en imágenes asociadas al reconocimiento de la identidad, constituye parte irrenunciable de nuestro patrimonio intangible.

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