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Estados Unidos y América Latina y el Caribe: Tan cerca y tan lejos (V)

Por Juan Nicolás Padrón
Fuente CUBARTE 13.05.2016

Estados Unidos y América Latina y el Caribe: Tan cerca y tan lejos (V)
Estados Unidos y América Latina y el Caribe: Tan cerca y tan lejos (V)

El triunfo de la Revolución cubana abrió un período que cambió el curso de las relaciones entre el complejo militar industrial de Estados Unidos y las todavía débiles repúblicas dependientes americanas y caribeñas, que, en sentido general, continuaban siendo exportadoras de materias primas en sus renglones económicos esenciales. El 2 de enero de 1959, cuando el joven Fidel Castro hacía su primer discurso en Santiago de Cuba, advertía: “¡Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas, esta vez sí, es una Revolución!”. Días después, el 13 de enero, en un almuerzo que el Club de Leones ofreciera al Ejército Rebelde, expresaba: “Se acabó la Enmienda Platt que fue una injusticia imponerla a una generación que luchó por la independencia […]. Somos serenos, somos ecuánimes, pero muy claros en cuanto a lo que es la dignidad de la nación cubana, en cuanto a lo que es la soberanía del pueblo cubano. Creo que este pueblo tiene los mismos derechos que otros pueblos a gobernarse, a trazarse su propio destino, libérrimamente, y de hacer las cosas mejor y más democráticamente de lo que lo hacen otros que hablaban de democracia y le mandaban tanques Sherman a Batista”. El 21 de enero, en el Palacio Presidencial, en uno de sus primeros discursos públicos, aseguraba: “Democracia es respetar la voluntad de los pueblos”; y el 13 de marzo, reafirmaba: “La libertad no es el derecho a poder hablar y a morirse de hambre, porque, en definitiva, el que pasa hambre no puede ni hablar; el que pasa hambre, no puede ni escribir; al analfabeto no se le puede hablar de libertad de prensa, porque no sabe escribir, al que está enfermo no se le puede hablar de ninguna libertad, sino de la libertad de morirse […]. El hombre bajo el hambre no es libre jamás; o se vende, o claudica, o no escribe o no habla”. El 15 de abril de ese mismo año el Comandante en Jefe del Ejército Rebelde viajó a Estados Unidos, no para pedir dinero, sino en la llamada “Operación Verdad”, para desmentir las primeras calumnias sobre los procesos de justicia revolucionaria aplicada a los torturadores del régimen de Batista; después de un almuerzo con Christian Herter, quien ejercía como secretario de Estado por enfermedad de Foster Dulles, se le acercó William Wieland, director de la Oficina de Asuntos del Caribe del Departamento de Estado, y al presentársele, le dijo: “Doctor Fidel Castro, yo soy la persona que maneja las cosas de Cuba”. El líder revolucionario rápidamente le respondió: “Perdóneme, pero quien maneja las cosas de Cuba soy yo”. Cualquiera puede imaginarse el rostro de Foster Dulles y de Eisenhower cuando se enteraron; quizás fue la primera confirmación de cerca de lo que pudieran haber leído en los tardíos informes de la Cía. En un viaje de ese mismo año 1959 a Brasil, Argentina y Uruguay, en Buenos Aires el joven primer ministro precisó: “Hay que salvar el continente para el ideal democrático, mas no para una democracia teórica, no para una democracia de hambre y de miseria, no para una democracia bajo el terror y bajo la opresión, sino para una democracia verdadera, con absoluto respeto a la dignidad del hombre, donde prevalezcan todas las libertades bajo un régimen de justicia social, porque los pueblos de América no quieren ni libertad sin pan, ni pan sin libertad”. Este lenguaje nunca se había escuchado, y tomó de sorpresa tanto a los gobernantes norteamericanos como a los latinoamericanos.   

La Revolución cubana, fuente de justicia y derechos sociales, promulgó leyes y medidas de beneficio popular: Reforma Agraria, Reforma Urbana, Nacionalización de Empresas, Campaña de Alfabetización… Los monopolios norteamericanos fueron los primeros perjudicados. Al presentarse un conflicto con los precios del combustible, las empresas norteñas se negaron a refinar el petróleo que tuvo que importarse de la URSS, y para refinarlo se expropiaron grandes compañías como la Texaco y la Esso. El 10 de junio de 1960, en una comparecencia por el Canal 2 de la televisión, Fidel expresó: “Con el problema del combustible estamos ante la primera gran zancadilla contra nosotros; la primera gran zancadilla de los trusts y los monopolios, orientada directamente por el Departamento de Estado norteamericano. Estamos en presencia ya del primer acto de agresión concreta de un plan para dejar al país sin combustible”. A esa primera agresión económica siguió el retiro de la cuota azucarera, que dejaba a Cuba desprotegida ante el mercado mundial, pues el azúcar representaba su principal producto exportable. Sin recibir combustible y sin poder vender el azúcar, la Isla se paralizaría y se quedaría sin recursos. La URSS acudió a vender petróleo y a comprar azúcar; entonces, las agresiones económicas, comerciales, financieras y diplomáticas se intensificaron para rendir al pueblo por necesidades y por hambre, y apareció el manido argumento del complot con la URSS y el comunismo internacional. En el XV período de sesiones de la Asamblea General de la Onu en Nueva York, el 26 de septiembre de 1960, Fidel pronunció el discurso más extenso escuchado en ese órgano ―4 horas y 29 minutos―, interrumpido varias veces por aplausos; allí lanzó ante el mundo un apotegma todavía vigente: “Desaparezca la filosofía del despojo y desaparecerá la filosofía de la guerra”. El diferendo entre Estados Unidos y Cuba se agudizó; la simple soberanía nacional podía ser muy peligrosa para la “seguridad hemisférica” de Estados Unidos. Eisenhower ordenó preparar una gran invasión mercenaria, y por ello aseguró la ruptura de relaciones con Cuba el 3 enero de 1961. Sin embargo, los planes debería continuarlos y ejecutarlos el demócrata John F. Kennedy, quien tomó posesión unos días después, el 20 de enero.

El 13 de marzo de ese primer año de gobierno, el presidente Kennedy lanzó su estrategia de la “Alianza para el Progreso”. El atractivo programa invitaba a los gobiernos latinoamericanos y caribeños a unirse a Estados Unidos en un programa “sin paralelo en su magnitud y en la nobleza de sus propósitos, a fin de satisfacer las necesidades fundamentales de techo, trabajo, tierra, salud y escuelas”. Evidentemente, con un débil y propagandístico plan reformista, intentaba competir con las espectaculares conquistas logradas por la Revolución cubana en tiempo récord, a partir de una profunda emancipación popular y bajo un sorpresivo liderazgo. A poco más de un mes del pronunciamiento de la Alianza para el Progreso se produjo el desembarco de mercenarios por Playa Larga y Playa Girón en Cuba, que fue liquidado por la movilización del pueblo conducido por Fidel en 69 horas, según últimos cálculos. La humillación de cambiar a los invasores por compotas todavía se mantiene en el recuerdo de algunos veteranos: a Kennedy no le quedó otra alternativa que reconocer la derrota y responsabilizarse con ella aunque fuera una táctica de Eisenhower, pues la suya era la Alianza para el Progreso. Pero después de Girón trabajaba en otras direcciones que posteriormente emergieron. El Banco Interamericano de Desarrollo, junto a los llamados “Cuerpos de Paz” desplegados en la región, garantizarían la transferencia de 20 000 millones de dólares en diez años de Estados Unidos para el supuesto desarrollo de América Latina y el Caribe. La Alianza para el Progreso de era un engaño: como explicaba Ernesto Che Guevara, el programa no aseguraba que esos recursos fueran dirigidos a los 200 millones de habitantes de la región, pues se sabía a quiénes y adónde iría a parar ese dinero; además, se había demostrado que se necesitaba un financiamiento de al menos 30 000 millones, con mejor destino. El Che, como delegado de Cuba a la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social de la Oea en agosto de 1961, leyó las instrucciones secretas del Departamento de Estado sobre el “Caso Cuba”, en el que involucraba a casi todos los representantes de los países que ocupaban allí una silla: un verdadero escándalo. Sin embargo, la Alianza para el Progreso se aprobó con la abstención de Cuba; este modelo reformista, que duró hasta 1969, fue conveniente para presidentes como Rómulo BetancourtVenezuela, 1959-1964―, Arturo FrondiziArgentina, 1958-1962―, Francisco José Orlich BolmarcichCosta Rica, 1962-1966―, Fernando Belaúnde TerryPerú, 1963-1968― y Eduardo Frei MontalvaChile, 1964-1970. El canciller Raúl Roa, mordaz como siempre, aseguraba que era “mucha alianza y poco progreso”. Kennedy creó en noviembre de ese año la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional ―Usaid―, con el objetivo de “apoyar” a países con “problemas”. La Isla rebelde fue “acusada” en agosto de 1960 por Estados Unidos en la OEA “por aceptar ayuda que le había ofrecido la Unión Soviética” ―imputación respondida dignamente en la Primera Declaración de La Habana―, y en la Conferencia del 31 enero de 1962, en Punta del Este, Uruguay, por tener un régimen “marxista-leninista”, “incompatible con el sistema interamericano”, pretexto para expulsarla del organismo ―también hubo respuesta: una multitudinaria concentración y la Segunda Declaración de La Habana. Roa afirmaría que la Oea era un “coro de meretrices disfrazadas de vírgenes vestales”, y Fidel la calificó con un recordado epíteto: “ministerio de colonias yanquis”. La Alianza para el Progreso nació cadáver y se extinguió antes que terminara la década.

El 3 de febrero del propio año, mediante la orden ejecutiva número 3447, Kennedy estableció el embargo / bloqueo del comercio con Cuba, que se mantiene hasta hoy. El diferendo alcanzó su máxima intensidad entre el 14 y el 28 de octubre de 1962, en el conflicto de la Crisis de Octubre, llamada por los norteamericanos “Crisis de los misiles en Cuba”, y por los soviéticos, “Crisis del Caribe”. Después del ataque a Playa Girón, era comprensible que la Isla garantizara su seguridad nacional ante la potencia militar más grande del mundo, situada a 90 millas de sus costas; a ello se sumaba la información sobre la “Operación Mangosta”, una intervención militar a gran escala de fuerzas regulares del ejército norteño, después de provocar un incidente en la Base Naval de Guantánamo. ¿Adónde buscar apoyo? En otra de las grandes potencias militares, la URSS, que aunque estaba a más de 9 500 kilómetros de distancia, ya había establecido una colaboración económica, comercial y financiera generosa, y una discreta asistencia militar. El ofrecimiento soviético para instalar 42 cohetes R-12 con 24 plataformas de lanzamiento, 45 ojivas nucleares, la basificación de 42 bombarderos Il-28 y 40 Mig 21 ―esta operación se complementaba con la llegada de 4 submarinos con torpedos nucleares― respondía a un interés estratégico de la URSS, pero para los cubanos constituía una legítima defensa ante el peligro inminente de que se pusiera en marcha la “Operación Mangosta”. Fidel deseaba dar a conocer esta colaboración militar, con el propósito de conjurar la operación norteamericana, pero los soviéticos se empeñaron en mantenerla en secreto, como parte de su estrategia defensiva. El gobierno de Kennedy descubrió algunos de esos misiles ya en territorio cubano ―detectados en los constantes vuelos de espionaje de aviones U-2―, se ordenó un cerco naval alrededor de la Isla y comenzaron los vuelos rasantes sobre su territorio; en repetidos mensajes Fidel advirtió que se dispararía, y se disparó. Para el bloqueo naval norteamericano, la OEA gestionó la complicidad de otros países latinoamericanos y caribeños, y se dispusieron a participar destructores argentinos y venezolanos, así como fragatas dominicanas. Cuba derribó dos U-2, y por primera vez conversaron la URSS y Estados Unidos; se inauguró “el teléfono rojo”, una línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin: nunca estuvo más cerca la guerra nuclear. Por primera vez en su historia el coloso imperial puso en alerta roja a todas sus fuerzas armadas, preparadas para desplegarse y combatir en menos de 6 horas. Después de la intervención de la ONU y de varios mediadores, las potencias, en urgentes y continuas negociaciones secretas sin la participación de Cuba, llegaron a un acuerdo: la URSS retiraría sus armas estratégicas de la Isla y Estados Unidos declararían públicamente que no invadirían a la Isla ―con la condición de que si esto se incumplía, la URSS no tendría restricciones para la ayuda militar a la Revolución, aunque en 1980, con la llegada de Ronald Reagan a la presidencia, los dirigentes soviéticos les comunicaron a las autoridades cubanas que en caso de agresión norteamericana no intervendrían en el conflicto―; según el pacto bajo la crisis, tampoco Estados Unidos apoyaría a grupos para atacar a la Isla ―lo cual, como se sabe, fue violado muchas veces―; seis meses después, los norteamericanos desmantelaron sus bases de misiles en Turquía.           

Ante la independencia económica, la transformación social, la soberanía política, la emancipación cultural y la demostración de capacidad defensiva en el terreno militar demostradas por la Revolución cubana, cobraron auge sin precedentes los movimientos de liberación latinoamericanos y caribeños, enfrentados a las oligarquías, que implementaron, como siempre, una feroz represión y pusieron en alerta a sus ejércitos. Entre los años 60 y 70 surgieron: en Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional ―FSLN―; en El Salvador, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional; en República Dominicana, el Movimiento 14 de Junio ―M-14J―; en Haití, el Forces Armées Révolutionaires; en Guatemala, el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre ―MR-13― y las Fuerzas Armadas Rebeldes ―FAR―; en Venezuela, el Frente de Liberación Nacional ―FLN―; en Perú, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria ―MIR― y el Ejército de Liberación Nacional ―ELN―; en Colombia, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ―FARC― y el Ejército de Liberación Nacional ―ELN―; en Brasil, la Acción Libertadora Nacional ―ALN― y el Movimiento Nacionalista Revolucionario ―MNR―; en Bolivia, el Ejército de Liberación Nacional ―ELN―; en Chile, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria ―MIR―; en Argentina, el Movimiento Peronista de Liberación, las Fuerzas Armadas Rebeldes, las Fuerzas Armadas Peronistas, el Movimiento Peronista Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo ―ERP―, las Fuerzas Argentinas de Liberación ―FAL― y el Ejército Guerrillero del Pueblo ―EGP―; y en Uruguay, el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros; entre otros. Ante esta sublevación general, Estados Unidos amplió y modernizó sus bases militares, o creó instalaciones navales y aéreas, estaciones o centros de entrenamiento en toda la región. A la ya creada en Guantánamo, Cuba, y otras muchas en Puerto Rico ―incluidas instalaciones para submarinos atómicos, y en la Isla de Vieques, un inmenso campo de entrenamiento de marines―, se sumaron 4 en Jamaica, 4 en la Isla Trinidad, 2 en Guyana, 9 en Panamá y 3 en Ecuador; además, se inauguraron varias estaciones de rastreo en Chile y centros de entrenamiento en Brasil y Venezuela. La región se convirtió en un escenario de confrontación entre los asesores militares norteamericanos en conjunto con las fuerzas represivas de las oligarquías, y los movimientos revolucionarios que luchaban por reivindicaciones económicas, sociales, políticas y culturales.

 

Juan Nicolás Padrón

Reino autónomo

Por Juan Nicolás Padrón

JUAN NICOLÁS PADRÓN (Pinar del Río/Cuba, 1950): Poeta y Licenciado en Filología y especializado en Lengua y Literatura Hispánica. Posee postgrados en Filosofía y Lingüística, además de Cursos de Pedagogía y Sicología. Actualmente es Investigador del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas de Cuba. También ha sido Director de Literatura del Instituto Cubano del Libro; Director de la Editorial Letras Cubanas y Subdirector de la Editorial Casa. Su desempeño en el ámbito de las letras lo ha desarrollado como editor, profesor, jurado, poeta, ensayista, coordinador de encuentros literarios y artísticos, prologuista, articulista, antologador y conferencista en distintos países como Cuba, España, México, Argentina y Canadá. Ha participado en la Ferias Internacionales del Libro de Cuba, Ciudad de México, Guadalajara, Buenos Aires y Santiago de Chile. Su obra poética se encuentra en la edición de los siguientes libros: "El polvo finísimo del tiempo" 1983; "Desnudo en el camino" 1988; "Peregrinaciones" 1991; "Crónica de la noche" 1995. Su última publicación es el ensayo sobre la identidad cubana "La Palma en el Huracán" (Ediciones Rodriguistas, Santiago-Chile 2000).

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