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CUBARTE

Década del ´ 80

Los años ochenta ofrecen un panorama en el que coexisten tendencias diversas, sin ofrecer los resultados artísticos que cabría esperar después ya de tantos años de Revolución.

Entre los aspectos positivos del período, quizás merezca destacar la toma de conciencia de la situación y de que era preciso conformar una dramaturgia netamente nacional. Esta inquietud artística nace gracias a una nueva promoción de profesionales teatrales, salidos casi todos del Instituto Superior de Arte, que hallaron en la revista Tablas su principal vehículo de expresión.

De otro lado, frente a décadas anteriores, en este periodo son muchos los montajes realizados de autores cubanos, con una característica común, su vinculación con la propia realidad desde una perspectiva crítica y exenta de autocomplacencia. Entre las piezas representadas cabe citar: «Rampa arriba, rampa debajo» de Yulky Cary y «Aquí en el barrio» de Carlos Torrens, centrada en el tema de la desorientación social de los jóvenes; «Andoba» de Abraham Rodríguez Alea, que pone sobre el tapete el problema de la supervivencia de los códigos éticos del marginalismo; «La primera vez» de Jorge Ibarra, sobre los problemas de la mujer trabajadora cuando es madre; «Los novios de Roberto Orihuela», que saca a la luz los obstáculos que habrá que superar para que surja una nueva moral.

En algunas de estas piezas se recuperaron elementos del teatro vernáculo, en lo que se ha dado en llamar “sainete de nuevo tipo”, como en el caso de «Caliente, caliente, que te quemas» de Lázaro Rodríguez y «Chivo que rompe tambó» o «El entierro de Ambrosio» del dramaturgo Ángel Valdés, aunque el auge de esta dramaturgia pronto se vino abajo, pues empezaron a banalizarse los temas y a instaurarse el popularismo de mal gusto. No obstante, de esta corriente quedaron algunos títulos representativos como «Molinos de viento», escrita por Rafael González y representada por Teatro Escambray en 1También Eugenio Hernández Espinosa, que inició su brillante carrera como dramaturgo en los 60, volvió a la escena cubana con los estrenos de «Odebí, el cazador» en 1982, «Oba y Shangó» en 1983, ambas dirigidas por él mismo.

En enero de 1980 se realiza el Primer Festival Internacional de Teatro de La Habana, donde se acuerda celebrar el 22 de enero el Día del Teatro Cubano en recordación a los sucesos ocurridos en el Teatro Villanueva en 1869.

Los nuevos espectáculos de danza-teatro están representados sobre todo por el Ballet-Teatro de La Habana, grupo que proviene del mundo de la danza. Bailarines y actores se dan la mano aparentemente en paridad de condiciones, pero la trayectoria de los primeros y su experiencia pesa mucho a la hora de concebir los espectáculos. Ello es obvio en el repertorio: «Hallazgos», composición de Caridad Martínez. A ésta siguieron «Freud» de Víctor Cuéllar, pasando por «Solo» de Caridad Martínez y «Hablas como si me conocieras», con textos del poeta y escritor Osvaldo Sánchez.

Todas las iniciativas de la década son claros indicios de la presencia de una nueva generación de creadores que, de manera innovadora y honesta, se acercan a los problemas del pueblo buscando nuevos lenguajes escénicos. Esta oleada de aire fresco fue posible gracias a los cambios introducidos por el Ministerio de Cultura en 1989, cuando se adoptó una nueva dinámica de proyectos basada en la flexibilidad para que los profesionales se unieran en función de sus intereses artísticos. Aunque ya en 1987 se funda en la Facultad de Artes Escénicas el Festival Elsinor, que se convirtió en el espacio de legitimación de la nueva generación teatral.