• Icono de YouTube
  • Icono de Google Plus

CUBARTE

todo

Sí Celeste, la rumba no es como ayer

Por Emir García Meralla
Fuente CUBARTE 14.04.2015

Celeste Mendoza no es nombrada en estos tiempos cuando se habla de la rumba. Tal parece que no existió. Ni ella, ni ese clásico turbante con que se cubría una larga trenza que era de su pelo natural; ella se hubiese sentido ridícula en estos tiempos de implantes y keratina. Solo le igualaba en prestancia y fama el de Gina León, que recibió tantos elogios como licencias.

Su rumba era de la vieja escuela, la de la segunda mitad del pasado siglo, cuando el sonido de los tambores dejo el clandestinajes social —hoy le llaman underground— y la exclusión para entrar en los salones y los cabaret. Ella era más auténtica que aquellas rumberas que nos traía el cine mexicano; no importa que fueran cubanas y que les acompañara Silvestre “Tabaquito” Méndez; eran blancas y le faltaba coyundee en la sangre.

Celeste si le sabía a los cueros. En su casa habían jurado boncó, por lo que desde niña vio llorar moninas; no importa que en Santiago no hubieran potencias abakua, hay cosas que están en la sangre y cuando ella es espesa nada la hace correr a raudales a menos que sea un fuerte golpe de cuero.

La Habana le abrió las puertas y entre Rodney y Facundo Rivero comenzó su camino en las noches de Tropicana. Allí rumbeo de lo lindo mientras Nat King Cole cantaba a unos “ojos verdes” o trataba de tomar chocolate, entre actos. Bien se podía bailar o cantar un buen afro de aquellos que solo Facundo sabía componer. Pero las puertas de Tropicana comenzaron a quedarle pequeñas y se debían saltar.

Entonces llegó la TV de aquellos años y un bolero en tiempo de ranchera para pegarlo en las victrolas. Ernesto Duarte hizo los arreglos, como mismo los haría después para Rolando la Serie; y le pidieron prestado el tema a José Alfredo Jiménez; entonces hombres y mujeres de aquellos años pidieron que “los castigara Dios”, mientras le escuchaban lágrimas por medio.

Ya había conquistado las victrolas y las noches del cabaret; ahora debía conquistar el mundo o al menos las otras costas que circundaban La Habana y Santiago.

Pasaron los años y doña Celeste parecía que caía en el olvido; pero rumbeo de lo lindo en el teatro Olimpia de París, junto a Los Papines; ella era amiga de Papín desde los tiempos del cabaret y aunque pasó fugazmente por la tele en los años siguiente se refugió nuevamente en la bohemia de las noches y las lentejuelas. Volvió a ser feliz y aplaudida.

A los estudios regresó pocas veces. Tal vez habrá hecho unos dos o tres discos más, nadie los recuerda; para muchos su reloj musical se detuvo con aquel primer hit; pero insistía en prolongar el tiempo y se lo permitíamos. Se lo merecía.

La rumba siguió cambiando. Ahora estaba a las puertas del guarapachangueo, era la misma rumba pero con otras moñas y talantes y ella se adaptó en un comienzo; así la cantó cuando la llamaron para su única aparición en el cine cuando Rogelio París la llamó para su filme de culto Nosotros la música.

Vinieron nuevos rumberos. Se asentaron en la Corea, en un recodo del habanero barrio de San Miguel del Padrón; le dicen “los chinitos”. La rumba comenzó a avanzar pero ya Celeste estaba cansada de tanto andar las noches y otras experiencias. Era hora de colgar el traje y se dedicó a alimentar el sueño que le quedaba: vivir de su gloria pasada. Era el clavo caliente de su vida; su tabla de salvación profesional y humana.

Juan de Marcos González fue el primero que la rescató cuando su agosto terminaba, y la paseo por España y allí cantó con Camarón de la Isla y otros rumberos flamencos —es casi la misma rumba—; después se hizo fuerte en aquellos parajes cantando sones y rumbas que pocos conocían. Y hasta le llevaron al encuentro de músicos que disparó la manía de escuchar a “los que ya peinaban canas” y venían de Cuba cuando el siglo parecía acabar.

Ahora que la rumba está de vuelta, que hay mujeres que inspiran y llaman a espíritus y otros santos su personalidad se extraña, debe ser porque fue primera en muchas cosas.

Especulo que pudo haber sido la otra voz del Buena Vista Social Club, la que hubiera sonado de modo distinto; y hubiera vuelto a estar en escena junto a Omara, como cuando el cuarteto de Facundo Rivero. Pero no fue así. La vida jugo su as y Celeste Mendoza perdió esa partida.

Qué pena, me hubiera gustado verla esta noche en que el ánima de Andrea Baró deambula inquieta por los cueros sedienta de aguardiente y rumba. Pero esta rumba, aunque lo queramos ya no es como ayer. Un buen día se apagó aquella su sonrisa y su frase preferida: “… para servirle a usted…”. Entonces supimos que no regresaría.

Emir García Meralla

La nota

Por Emir García Meralla

Emir García Meralla (La Habana, 1965). Artículos y ensayos suyos sobre el tema de la música popular cubana ha aparecido en diversos medios cubanos y extranjeros. En la actualidad escribe esta columna sobre música cubana en CUBARTE, así como para diversos medios digitales e impresos. Tiene en proceso de edición el libro Se baila aquí, donde a modo de crónica hace un acercamiento a la música popular cubana de los últimos cincuenta años.

Añadir nuevo comentario