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El teatro en la escuela: una experiencia enriquecedora para toda la vida

Por Zulema Armas Mojena
Fuente CUBARTE 31.08.2015

Casi a modo de crónica pudiera describir mi reencuentro, hace algún tiempo, con el valor y papel del instructor de arte en la escuela. Cuando entré nuevamente en tal proceso en una escuela primaria necesité, además de tiempo, el evadir prejuicios y estereotipos que frenan esta noble e importante labor del instructor, más que todo.

Hagamos un alto breve para reflexionar sobre cuán subestimada ha sido históricamente esa figura —exclusiva del contexto cubano— que acerca al inexperto, al principiante, niño en sus primeras edades u hombre común, al maravilloso universo del arte. Sin embargo, muchos de los que leerán estas notas seguramente habrán vivido la necesidad, o mejor, disfrutado de la experiencia de, sin ser un artista, poder dibujar, o bailar, o componer un verso, y quizá alguno que otro haya tenido en esa faena la guía de un instructor de arte. Esos me darán la razón de cuánto enriqueció su vida.

El programa de instructores de arte surgido al inicio de esta Revolución cultural en que Cuba ha estado empeñada por más de 50 años, ha tenido logros y desaciertos en esa labor extraordinariamente emancipadora que intenta abrirse paso, a tantos años, en la marisma de validaciones, programas, instituciones y desleales reconocimientos profesionales.

Si alentador es ver las salas de teatro llenas, los museos repletos de visitantes, las galerías y cines desbordados de amantes del buen arte, complejo es lograr esa sensibilización artística que coloque en el imaginario del ser social que somos la preferencia por esta vía de enriquecimiento espiritual. Pero todavía se subvalora el significado esencial de la educación creativa en las primeras edades y mucho más, si cabe, a los que se dedican a ello.

Aquí justamente expongo una vivencia personal donde consciente del valor del arte y en específico del teatro como potenciador de la creatividad infantil, he trabajado con mi hijo y sus compañeros de aula por estos caminos hace ya más de cuatro años.

Tal actividad teatral en un inicio espontánea y lúdica, apegada a lo más convencional y llano del ejercicio escénico en el ámbito cerrado del aula y la escuela, fue para mi propia sorpresa —y satisfacción— transformándose de a poco en una búsqueda creativa, coherente y sistemática, integrándose a los contenidos de otras asignaturas, ante los retos que la propia docencia imponía.

Si he decidido escribir sobre esta experiencia casi en primera persona, es porque sé que no es suceso exclusivo ni único, aunque tampoco, lamentablemente, generalizado o común en nuestras escuelas. Y también por considerar que hoy las investigaciones son más netamente artísticas y no abunda la sistematización de estas praxis, menos su difusión, por lo que valiosas acciones de componente artístico y educativo quedan reducidas exclusivamente al lugar en que se producen, cuando además podrían servir de motivaciones a otros.

Esta vez no me referiré al desempeño artístico del grupo teatral Fragua en que devino luego esta inmersión con esos niños, fruto no menos importante y al que dedicaré en otro momento un comentario especial. Por ahora solo quiero exponer brevemente un enfoque más allá del hecho teatral en su sentido dialógico con los públicos, es esta una mirada de acercamiento a las potencialidades que el arte le aporta para su vida en sociedad, en esa relación de intercambio cognoscitivo del niño con el mundo.

El universo del teatro se abrió para acompañar a estos pequeños durante los últimos años y favorecer el aprendizaje de otras asignaturas, en un ejercicio creativo que ha logrado potenciar su desarrollo directo y favorecido el de otros muchos del ámbito escolar que han podido evidenciar su evolución y sus presentaciones. Ahora culminan el sexto grado y se asoman al mundo de la adolescencia con las bondades que les ha aportado la práctica del teatro, desde ya, para toda su vida.

Esta probablemente es más mi experiencia de madre colaboradora con el proceso docente que propiamente de instructora, pero me guió de regreso al mundo de la creación y a explorar cuánto puede ser logrado en la labor de sensibilización del niño hacia el arte en la escuela cubana actual y a favorecer los procesos de asimilación general con un componente estético de su formación. Ha sido el teatro vehículo creativo, continente y contenido, fortaleciéndose y creciendo cada vez más tanto en rigor artístico, como educativo y que ya va mereciendo una oportuna evaluación y socialización de sus resultados.

Ellos son niños que rompieron sus barreras comunicativas para siempre, seres más plenos, abiertos, audaces, seguros de sí mismos, que se han apropiado de un universo creativo para la comprensión de informaciones diversas de forma diferente. El teatro les hace disfrutar y ser protagonistas de la formación del juicio de una manera coherente, sólida y flexible. Luego son capaces de transmitir tal conocimiento recreado lúdicamente y estéticamente elaborado.

Las mejores prácticas surgieron luego de seguir las indicaciones metodológicas de la asignatura “El mundo en que vivimos”. Allí, como en casi todas se orientaba incentivar el conocimiento de la Historia, de la obra martiana, de los valores y el entorno social, a través de formas creativas que favoreciesen la participación activa del escolar para mayor motivación y mejor aprovechamiento de los contenidos.

Tal encomienda y el incontenible entusiasmo de una maestra, hizo que fueran apareciendo maneras diferentes de imaginar. Los niños, con esa disposición a creer y a hacer, fueron involucrando a los padres, generalmente deseosos de acompañarlos a ser mejores y más felices. Llegaron así la realización de maquetas, retablos, títeres, que se unieron a juegos de roles, escenificaciones, improvisaciones y juegos didácticos que se adentraban hasta en los conceptos mismos de la Educación por el Arte.

¿Resultados? De la clase a los aplausos, del aula al matutino, del matutino a la comunidad, de la comunidad al municipio, del municipio a la provincia, de la provincia al país; estudiantes con mejores rendimientos; mejoras en los patrones de conducta; mayor cohesión del grupo; incremento del compromiso de los padres en el acompañamiento al proceso educativo; reforzamiento del sentido de pertenencia a la escuela; reconocimiento de la comunidad a los logros educativos del centro para la promoción de los valores y de la obra martiana. Pudiera parecer labor pueril, pero con los niños nada lo es. Esta es una vivencia transformadora con que estos niños y niñas crecen.

La base es la creatividad, el desafío mantener el rigor artístico cuando la improvisación es suceso cotidiano. Hay que apelar al dominio del oficio, y al disfrute de todos los procesos textuales, gestuales, de interpretación, hasta la puesta en escena, el diseño, la experimentación, la visualidad, sin perder la búsqueda de lo más riguroso de la naturaleza estética e iremos preparando con todo, espectadores verdaderamente activos, ellos y sus familiares, y quién sabe si algún que otro futuro teatrista. Un hecho que por aislado que sea, aporta a la gran obra en que se construye un hombre mejor y una nueva sociedad.

Sería manido culpar de lo no alcanzado a las instituciones estatales. Es cierto que aún no se han conseguido a nivel institucional muchas fortalezas y enlaces urgentes, pero también nos olvidamos de nuestro papel y responsabilidad ciudadana como hacedores de nuestra propia sociedad, absortos y agobiados ante miles de otros compromisos y funciones.

A la puerta del nuevo curso escolar en septiembre, hoy se apuesta por un programa intersectorial que impulse el desarrollo del teatro desde la escuela y la comunidad con el concurso de artistas, instructores y maestros. Es una oportunidad de hacer, hagámoslo. Recordemos que los públicos son esenciales en los procesos del arte, vayamos de Martí a Brecht: un público avezado y culto es lo primero.

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