«Herencia»: Un cine de descubrimiento


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En la pantalla vemos las calles de Centro Habana. Pasan almendronesy bicitaxis, alguien empuja una carretilla rústica con una efigie de san Lázaro, mientras se escucha la música del son tradicional y la propia de los cultos de origen afrocubano. Descrito así, a primera vista el documental Herencia, de la directora española Ana Hurtado, parecería ser una de las tantas producciones extranjeras que se acercan a Cuba a través del estrecho túnel de los estereotipos, pero a medida que avanzan sus sesenta minutos, el espectador va notando un creciente afán por profundizar mucho más en las esencias de una isla a la que su directora llega con la misma mirada, cautivada y escrutadora, con que doscientos años antes lo hiciera la condesa de Merlin con su libro Viaje a La Habana.

Rodado en la capital cubana en 2017 y producido por la casa catalana Mallerich Films, en conjunto con un equipo cubano y con el apoyo de la Comisión José Antonio Aponte de la UNEAC, incluye entrevistas a músicos, bailarines, intelectuales, deportistas y emprendedores gastronómicos, explorando los conceptos de cubanía y cubanidad al tiempo que coquetea, pero sorteándolos con toda intención, con esos aspectos que a veces llevan al encasillamiento de nuestro carácter nacional: «Fui a Cuba a rodar pensando que iba a encontrar un país, y encontré otro distinto», confesó su directora en una entrevista que le hicieron luego del estreno.

En el documental, nos advierte el periodista Pedro de la Hoz: «Es un pueblo que disfruta mucho las manifestaciones de su cultura, sobre todo el baile y el canto. No significa esto que todos los cubanos bailen y canten, aunque el cubano comprende el baile y tiene una sensibilidad hacia este. Pero no debemos limitarnos a eso».

El abordaje de lo africano dentro de lo cubano, concebido por el poeta y etnólogo Miguel Barnet «como una presencia, más que una influencia», se utiliza como base temática del documental. El autor de Gallego y Cimarrón deja claro por encima de cualquier visión onírica que el mayor aporte de los esclavos africanos a Cuba no fue cultural ni religioso, sino económico. Cuenta de ello dan las imágenes que el documental recorre a nivel de la calle y desde el aire, de azoteas y fachadas de los edificios del siglo XIX habanero, surgidos de la economía azucarera colonial, sostenida por el trabajo esclavo de la mano de obra africana. Fruto lucrativo de esa «migración forzada» como califica a la trata negrera otro de los entrevistados, el investigador y profesor de la Universidad de La Habana, Rolando Rensoli.

Junto a esos inmuebles, algunos restaurados y otros que vivieron mejores tiempos, se ve el Centro Gallego (Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso) o el Centro Asturiano (Museo de Arte Universal), vestigios del papel colonial que tenía la isla y su relación con la metrópoli europea, que tanto se benefició de ella e intentó en vano mantener controlado su afán de independencia hasta «el último hombre y la última peseta». Muy cerca se levantan ahora los modernos hoteles de la industria turística, sucesora de la azucarera como matriz económica nacional, igual de subdesarrollante si no logra el reto de distribuir sus ganancias para la transformación material y espiritual del entorno que le rodea. En ese laberinto de calles y más allá, fluye la cotidianidad de la mezcla étnica dejada por aquel pasado colonial que vemos en Herencia: raíces negras y raíces blancas, emigración forzada desde el África y emigración que huía de la pobreza del feudo en las aldeas de España. Descendientes de la esclavitud negra y la esclavitud blanca. Esa sociedad lucha hoy por lograr su tercer cambio de matriz económica hacia la de servicios médicos y producciones biotecnológicas. Tres islas en una, sosteniéndose y contrastando: la rural azucarera, la turística con sus estereotipos y la científica revolucionaria.

Herencia

Al asumir la religiosidad del cubano, el documental escapa de la visión homogeneizadora que padecen otros similares, pues llama la atención el contraste entre la bailarina entrevistada que asegura tener doce años de iniciada en su santo y ataviada con el ropaje folclórico propio de esa danza, con el de una cantante de música tradicional, igualmente negra, que declara sonriente su ateísmo. Aunque queda el deseo de un mayor abordaje del pasado social y político cubano en su confrontación entre marxismo y religión en las primeras décadas de la Revolución cubana, —hasta que la Revolución se convirtió en una espiritualidad en sí misma— que nos recuerdan las palabras del artista plástico Salvador González, creador del Callejón de Hamel, quien afirma que el pueblo cubano no iba a largo plazo a abandonar su espiritualidad por «un socialismo o un materialismo».

Herencia —luego de haber sido transmitido por la televisión nacional y Telesur en 2019— ha retornado a las pantallas cubanas, con la visita a Cuba de su directora, quien ha acumulado una trayectoria muy activa como youtuber comprometida con la causa contra el bloqueo estadounidense y la defensa de la supervivencia del socialismo cubano. Un precio caro de pagar en insultos y ataques personales en las redes sociales, junto al desafío público de acercarse a Cuba a través de la identificación política desde una España con una izquierda cada vez más diluida, fragmentada y desorientada ideológicamente.

Invitada junto a otros influencers por la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) para el Coloquio Internacional Patria, celebrado en Casa de las Américas, y dedicado a los 130 años de la fundación del periódico creado por José Martí, Ana Hurtado no solo vuelve a recorrer las calles donde rodó el documental, sino que sostuvo varios encuentros en espacios intelectuales y políticos cubanos que le revelan parte de una realidad a la que debe saberse llegar sin caer en dos visiones extremas: la naíf de la militancia a distancia que romantiza la vida en Cuba, y la de la satanización del escenario en el que esa existencia ocurre, como si se tratara de un infernal gulag tropical. Entre ellas está el vasto y profundo espacio de la vida real de los cubanos, compleja, diversa y cambiante.

Herencia nos deja sus reflexiones, junto al deseo de que este sea el primer paso de varios documentales de exploración y descubrimiento de su autora en el camino de buscarse a sí misma. Quedan para nosotros inevitablemente resaltadas, casi al final del metraje, las palabras con que Barnet destaca la principal característica que convierte la cubanía en un verdadero culto de fe: la búsqueda perenne de una espiritualidad siempre libre e independiente.  

 


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