Bibliotecas claustrofóbicas y a prueba de incendios


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El libro digital es también un arma que nos libera, una bala que abre los barrotes del prejuicio (Foto: ucongreso.edu.ar)

En la Edad Media los libros eran armas, se les temía más que al demonio, de hecho la Iglesia tuvo el control absoluto de la palabra escrita y los misterios de su conservación. La única manera de acceder a la lectura era formando parte de las jerarquías de aquel poder, así lo refleja Umberto Eco en su novela En nombre de la rosa, un policial a lo Conan Doyle que se desarrolla en una abadía medieval, a partir de una serie de asesinatos relacionada con la posesión de un libro maldito.

Más allá de los guiños de Eco a la literatura de Sherlock Holmes, a partir de nombres como Guillermo de Basckerville, la novela trae la magnífica metáfora del conocimiento como maldición divina (postura que la Iglesia defendía siempre que hablaba del pecado original: el hombre que intenta conocer el mundo más allá de Dios). A la vez, se narra cómo mediante la lectura nos adentramos en un universo liberador, que desacraliza los dogmas e inicia una especie de revolución renacentista. Sin dudas Eco estuvo a favor de la democracia de la idea, como ocurrió a partir de la imprenta inventada por Gutemberg y como vemos hoy en los libros digitales.

La literatura usa como soporte aquello que pueda difundirse, que navegue lo más lejos posible, tal y como llegaron a América las colecciones de la primera enciclopedia hecha en Francia en el siglo XVIII. Así, los archivos de PDF, Word y Epub, democratizan ese acceso, sacan de las viejas abadías los secretos de los monjes, preconizan un renacer del debate intelectual. Cuando surgieron los primeros volúmenes digitales, las imprentas no querían que se generalizaran, así que durante años se obstaculizó su uso mediante la imposición de fuertes impuestos sobre derecho de autor, pero con la llegada de internet y la aparición de sitios web para la descarga de documentos gratis o pagada, se dio la gran revolución, ya nada podría detener la balacera.

Un tablet, un celular o la laptop, son los libros de hoy, donde podemos almacenar y leer cientos de miles de volúmenes, desde los clásicos hasta los cómics. La ganancia, a juicio de muchos, ha sido extraordinaria. Ya no tenemos que estar en una librería determinada para la adquisición de cierta lectura, sino que se ordena online, a la vez que existe la posibilidad de convertirnos en editores e impresores por cuenta propia, a partir del procesador de textos de Microsoft Word. El salto supuso un cambio de las dinámicas de consumo, ya no más aquella visión de la abadía o fortaleza en la montaña, como nos la narra Eco, sino el archivo que tenemos en una esquina del computador y que con un doble clic accedemos, para disfrutar del tipo de literatura que queramos.

Hay iniciativas, como la editorial Claustrofobias, único proyecto de su tipo que ha logrado en Cuba la trascendencia más allá del país, con un despliegue además de promociones literarias y redes sociales de escritores. Contra el libro electrónico hay prejuicios, que van desde que se le considera fácil y por ende superficial o sin calidad, hasta el miedo de que un día desplace al impreso, ese que tantos romanticones aman a destajo, sin que aparezca otra razón más loable que el olor a papel o el dormir con una novela sobre el pecho.

Yunier Riquenes, el escritor que dirige Claustrofobias, no sólo logró un liderazgo generacional a partir de su proyecto, sino que genera hoy el movimiento más interesante en materia de publicaciones, que van desde el periodismo, el ensayo hasta los libros más inclasificables y llamativos. Para él y Naskicet Domínguez, la editora no solo funciona como una casa propia, sino que se transforma en el hogar de cuanto autor de cualquier edad que pasa por la sede del proyecto, en el Oriente del país. La literatura rescata su vida independiente, mediante la liberación del conocimiento, la salida de la abadía a la manera de un policial como el de Eco. Se sabe que, para Cuba, un paso como el que dieron los dos muchachos de la Asociación Hermanos Saíz es esencial, si se quiere un futuro donde el libro tenga el sitio que le otorgó Alejo Carpentier al frente de la Imprenta Nacional, en los inicios de la Revolución.

El libro digital es también un arma que nos libera, una bala que abre los barrotes del prejuicio, un género en sí mismo, que pudiera explotar la naturaleza multiforme de realidad virtual y efectos del mundo binario. Umberto Eco finaliza su novela con un incendio provocado en la biblioteca de la abadía, con el objeto de que se pierda el libro maldito que causaba los asesinatos, quizás una metáfora de la relación de amor-odio del hombre para con su libertad de conocimiento o un llamado a que existan soportes más duraderos que el fuego, como ocurre con las bibliotecas digitales de hoy.


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